miércoles, 16 de marzo de 2011

Baños, cines, saunas, estadios. (Parte uno)

Sábado a la noche

Llamado amigo

Era el atardecer de un sábado de enero. Mucho calor, como corresponde a la ciudad de Rio en esa época del año. El horario de verano de esos días permite extender un poco más la jornada. No mucho. Con Raul, poco después de la caída del sol, planeando un programa placentero para la noche, llamamos por teléfono a Binho, para proponerle salir a cenar juntos, como lo habíamos hecho tantas otras veces durante el último año. Nuestro amigo aceptó con gusto. Nos dijo también, en esa breve charla telefónica, que estaban con él dos amigos de San Pablo, que habían venido a pasar unos días en Río para disfrutar del sol y la playa.
- ¿Los conocemos? – pregunté, curioso.
- Te comenté de Carlos, mi amigo de San Pablo, donde me hospedo cuando voy para allá. Él y su pareja.
- Sí, me acuerdo.
Quedamos en encontrarnos los cinco, en media hora, más o menos – ya había aprendido que en Rio los horarios son solo referencias- en una pizzería sobre la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, cerca del comentado posto 6 de la famosa playa carioca.
El lugar, ambientado de acuerdo al nombre, era amplio y juvenil, fresco en su casi penumbra. Binho y sus dos amigos estaban ubicados en una de las mesas que quedan contra el vidrio del frente del lugar. Fue llegar y verlos. Binho hizo las presentaciones. Saludamos y nos sentamos.
Aunque no demoramos en llegar casi nada más que lo convenido, ya habían comenzado a comer. Yo quedé sentado de frente a uno y de lado de otro de los nuevos conocidos. El que estaba a mi lado, un poco compungido, se disculpó.
- Yo propuse que los esperemos…
- No hay problema, - respondí.
Al tiempo que los mozos, con ese desagradable adiestramiento que reciben en los restaurants de tipo rodizio, ya nos ofrecían servirnos – sin un mínimo buenas noches, mucho menos un bienvenidos- diversas variedades de pizzas antes que terminemos de acomodarnos. Repiten los gustos mecánicamente junto a una desganada letanía:
- Mozzarella y pollo con catupirí, ¿acepta?
Antes que puedas negarte al primero, otro ya lo reemplaza en la línea de ofertas:
- Camarón paulista y portuguesa, ¿acepta?
Rechazamos estoicamente con Raul sus ataques arteros y pedimos bebidas frías. Después sí aceptamos, ante la insistencia de los mozos, las primeras porciones de pizza. La charla comenzó entonces, tímidamente. Emerson, el paulista que estaba sentado frente a mí, moreno, robusto, de unos cuarenta años, tatuajes en los brazos me preguntó:
- Vos no sos de acá, ¿no?
Mi marcado acento me delata rápidamente, pero me gusta hacer siempre el mismo chiste:
- Yo. Yo soy carioca de pura cepa.
Respondí tratando de sonar convincente, al tiempo que Binho y Raul me miraban divertidos y, juntos, los tres, largábamos la carcajada ante la cara de estupor de los paulistas.
Aclarado mi origen, mi condición de extranjero, Raul y Carlos, el otro paulista, calvo, de barba canosa y ojos claros, descubrieron que durante el tiempo que Raul vivió en San Pablo –algo más de veinte años- fueron casi vecinos. Ahí surgió la pregunta por las respectivas edades y descubrieron que solo dos años los separaban.
- ¡Qué extraño que no nos hayamos cruzado, siendo de casi la misma edad y habiendo vivido, por poco, casi en el mismo barrio! - Fue la primera constatación de Carlos.
- Y que no nos hayamos conocido en alguno de los lugares del circuito de nuestra época, -amplió Raul, y preguntó. -¿Vos eras de frecuentar algún lugar en esos años?
Ahí la cena pasó a ser un diálogo entre los dos, con el resto de nosotros, como tres espectadores privilegiados.

(Continuará)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

qué bueno que volvieron los relatos, aunque falte el puterío...

Gordo puto, amén dijo...

Gracias y paciencia, más adelante hay puterío...

:)

Anónimo dijo...

Interesante.
Llegué acá por FB.

Facundo.

Gordo puto, amén dijo...

Bienvenido Facundo.