jueves, 17 de marzo de 2011

Baños, cines, saunas, estadios. (Parte dos)

Un mismo tiempo y lugar

- Por supuesto, - se enorgulleció Carlos, respondiendo a la pregunta de Raul. -Arrancaba siempre por el Don José…
- Yo también, - exclamó Raul, gratamente sorprendido.
- ¿El Don José era exactamente qué...? - Pregunté tímidamente, ante el creciente entusiasmo que ganaba el ánimo de quienes, en los años ochenta, habían coincidido en deambular por el circuito gay del centro de San Pablo.
- El Don José era un cine porno del centro. Era el punto de encuentro. Allí nos juntábamos y era desde donde se salía a recorrer los otros lugares del circuito. - Me informó Carlos, a la manera de un docente comprometido con su vocación.
- ¿El cine se llamaba así o era algún nombre en clave que le daban ustedes? -Interrumpí una vez más, corriendo el riesgo de convertirme en un molesto preguntón. Riesgo que se vio convertido en realidad a lo largo de la noche.
- Era el nombre del cine, y tomaba su nombre de la calle: Don José de Barros. -Respondió Raul.
- ¿Fue algún político, intendente, gobernador? - Yo seguía con mis preguntas.
- No, - aclaró Raul, - fue un obispo de la arquidiócesis de San Pablo.
- No podía tener mejor homenaje, el obispo digo… Patrono del templo mayor de las locas de San Pablo,- ironicé.
Las risas se mezclaron con las pizzas, las bebidas, la música.

Charlas de pizzería

A esa altura yo estaba pensando que podría escribir un post para mí blog con aquella cena y su particular historia: aquel impensado encuentro de dos personas que habían tenido las mismas vivencias, que habían recorrido las mismas calles y los mismos ambientes por más de una década y que no se conocerían hasta veinte años más tarde, en una pizzería, a unos cuantos cientos de kilómetros del lugar de los hechos que los había tenido como protagonistas. Pero la noche avanzaba y cada una de las historias que era contada por uno de ellos se completaba con los aportes y datos que el otro agregaba y todo lo rememorado se sumaba como un amplio álbum de preciados recuerdos. Había más que para un post.

Los ojos de Binho –el más joven del grupo, el que llegó al mundo gay de la mano de internet-, durante toda esa extensa charla, parecían crecer a cada momento, mientras seguía -en silencio- los relatos de las peripecias de los protagonistas (algunas semanas más tarde, Binho, me confesaría que seguía impresionado por todo lo hablado aquella noche).

Emerson, con una sonrisa plácida, aceptaba la afirmación que Carlos hacía cada media hora, cada vez que Raul corroboraba la existencia de los lugares o alguna de las historias estrafalarias que ya le había contado y sobre las cuales parecía posarse la sombra de la duda por los aspectos poco convencionales de lo narrado.

- ¿Viste que yo no estaba inventando? ¿Que esa época fue así? ¿Que existían todos esos lugares? Finalmente hoy encontré alguien que confirma todo lo que te conté en estos años. - Repetía Carlos, como un mantra.

Era el recuerdo de sus veinte y pocos años, de dos hombres que comenzaban su sexta década de vida. Un tiempo que para ellos fue arquetípico, primordial: un tiempo que se identifica con un territorio, un circuito creado por la necesidad de establecer un lugar de pertenencia, cuando parecía que el deseo podía ganar –de alguna manera- el espacio público. Pero aquello no pasaba de una ilusión. El territorio existía, pero también existían la obligatoriedad de esconderse, el peligro de las persecuciones y extorsiones policiales, la tácita y explícita condena de gran parte de una sociedad hipócrita. En el relato no estuvieron ausentes esos costados menos alentadores de la historia, pero la alegría de haber recuperado en esa charla un tiempo que parecía haberse ido para siempre, los iluminaba.

(Continuará)

6 comentarios:

Ariel "Pochito" Bonomo dijo...

Muy buen relato...

Gordo puto, amén dijo...

Gracias Pochito!

(Qué foto atrevida! Ja!)

Abrazo!

Jo el Osito dijo...

Hola Franco, me encantaron las dos partes, la presencia de ese sentimiento inexplicable que producen los recuerdos reconstruidos por dos personas que vivieron, sintieron y caminaron las mismas calles en sus años de juventud, me gustaría ponerle un nombre a ese sentimiento, aunque sea inventado, para poder algún día encontrarme con gente que haya vivido, sentido y caminado las mismas calles que yo y poder decirme a mí mismo que me abraza tal sentimiento, en fin me metí en un berenjenal, abrazo fraternal Jo.

P/D: me tomo el atrevimiento de decirte ¡POCHITO que hermoso que sos papito!

Gordo puto, amén dijo...

Hola Jo,

Sí, fue una experiencia interesante ver ese encuentro.

Un nombre?
Nostalgia, tal vez?

Abrazo.

Anónimo dijo...

Coincido con Jo el Osito en eso de los dos protagonistas que se reencuentran.

Muy bueno,
Facundo

Gordo puto, amén dijo...

Gracias Facundo.