domingo, 20 de marzo de 2011

Baños, cines, saunas, estadios. (Parte cinco)

Coincidencias, solidaridades y tragedias

Por esas cosas que tiene el azar, Carlos y Raul, no frecuentaron los mismos ámbitos educativos, ni de niños, ni de jóvenes. Pero sí los dos, terminada su formación, se presentaron a concurso público para conseguir su primer trabajo. Los dos superaron la instancia de selección sin inconvenientes. Y esta vez sí, quiso el azar, que los dos trabajasen, en los mismos años, en la misma dependencia pública.

- ¿Trabajaste en el aeropuerto de Guarulhos? - Se seguía sorprendiendo Raul. - Yo también. Trabajaba en la aduana, en la Terminal Uno de pasajeros.
- Y yo en la Terminal de Cargas.- Dijo un también sorprendido Carlos, en esa noche que parecía seguir guardando sorpresas impensadas.
- Entonces,- preguntó Raul- ¿habrás conocido a un gordo que trabajaba allí, uno de los jefes de nombre José Eduardo, que entre nosotros llamábamos José Enjoado?
-Sí, -afirmó Carlos, - claro que lo conocí. Y tengo una historia para contar sobre él. Como era mi superior, me cambió de lugar de trabajo para que esté más cerca de él, un puesto mejor, claro. Yo primero pensé que me estaban promoviendo, pero cuando vi que lo que quería no era mejorar mi situación laboral, sino tener algo conmigo, lo encaré y le dije: si el precio que tengo que pagar para estar acá, en este lugar mejor, es ese, me vuelvo a mi sector anterior. Y me volví a mi antiguo puesto.
Raul no lo podía creer, no tenía consuelo. Se lamentaba:
- ¿Pudiste hacer algo con José Enjoado y lo dejaste pasar? Yo estaba loco por hacer algo con él.

Como toda subcultura, aquella también tenía sus códigos propios, sus formas de comunicarse, dar señales o avisos.

- Si el lugar se ponía peligroso, por la presencia de la policía o lo que fuera, - recuerda Carlos, -bastaba con que uno se quedase en la puerta y se frotarse los dedos de una mano, con el puño casi cerrado sobre el pecho y el pulgar hacia afuera, para que se sepa que no había que entrar a ese lugar. Que el lugar estaba “sucio”.

La solidaridad con los pares, aunque no se los conociera más que de vista, funcionaba aceitadamente. Se cuidaban unos a otros.

Pero hubo un momento de desconcierto.

Como toda charla entre gays que atravesaron los años ochenta y la pueden contar, no faltó la mención a la epidemia de HIV-Sida que avanzó a lo largo de aquellos años y se llevó a numerosos habitué de aquellos baños, cines, saunas y estadios.

- Tuvimos suerte, la podemos contar,- relata Carlos, con los ojos un poco húmedos, como exorcizando el recuerdo.- Pensar en todos los lugares que mencionamos esta noche, toda esa gente que conocimos. Da un poco de nostalgia, ¿no? Quiero decir cuando podíamos tener sexo por diversión, sin pensar en peligros, verdaderos peligros. ¡Aquellos saunas donde te encontrabas un montón de hombres casados que siempre repetían su misma muletilla: que esa era su primera vez! Y claro que nos hacíamos solidarios con ellos y, generosos, nos ofrecíamos a ser sus iniciadores. ¡Qué buenos tiempos aquellos cuando la “tía maldita” no existía! Todo acababa en fiesta, era un tiempo maravilloso. ¡Si hasta sonaba de fondo la música de Agnaldo Rayol! La principal preocupación era cuál de todos aquellos hombres maravillosos elegir para ir a la cama. ¡Había tantas opciones, tanta abundancia, tantos hombres deliciosos! Pero ahí me despierto y me doy cuenta que estamos en 2011. Hoy entrás a un cine o a un sauna y gastás suela de ojota o de zapato y no encontrás nada bueno.

En aquellos años, en el peor momento de la epidemia, era llegar a los lugares de encuentro y enterarse cada día de un nuevo amigo que ya no estaría más, que no sería parte de la fiesta. Hasta hubo un listado, pegado en una de las paredes del baño del Don José, que reunía los nombres de los que nos iban dejando.

La mayoría de aquellos hombres, los que circulaban por aquellos ámbitos, no habían hecho pública su condición sexual. Muchos de ellos casados, con esposas, hijos, nietos; otros con situaciones familiares complejas, padres que no querían saber nada de la sexualidad de sus hijos. Muchos tenían trabajos por cuidar: la amenaza de ser despedidos por ser lo que eran, era bien real. Entonces, con todas esas limitaciones, no se podía aparecer en un hospital y anunciar simplemente de dónde se conocía al paciente. ¿Quiénes éramos nosotros?

La pregunta final de Carlos me dejó un sabor amargo. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Los herederos, los sobrevivientes, los que se deben ocultar, los que la sociedad tolera? ¡Mierda! ¿Cuánto falta para que se acaben las diferencias?

(Continuará)

2 comentarios:

el osculador dijo...

Seguí con mucha atención esta historia, Franco. Publicarla en varias partes creó un cierto suspenso.
Excitante descubrir cómo otros han vivido la experiencia de buscar un poco de placer, de hallar en otros hombres ese deseo oculto. Sin dudas lo que contaron Raúl y Carlos (los lugares, los códigos, el peligro), sus experiencias, eran toda una aventura.
Y después llegó la epidemia del sida, y como dice aquella canción: "llegó la muerte un día y arraso con todo,...todo un vendaval y fue un fuerte vendaval".
Leyendo esta anécdota recuperé aquella sensación indescriptible cuando yo frecuentaba o me internaba en los baños públicos de una terminal de omnibus para buscar y encontrar un poco de satisfacción. Era perderse en un mundo oculto, en un submundo. ¡Era pura adrenalina! ¡Goce ilícito!
Gracias Franco por estas historias.
Roberto.
PD: Raúl, gordito picarón.

Gordo puto, amén dijo...

Roberto,

muchas gracias por tu comentario.

Aquí a mi lado, el picarón Raul te manda abrazos y yo también.