miércoles, 26 de diciembre de 2012

De pequeño yo tenía



De cuántos recuerdos de la infancia ya señalaban la vida en medio de la diversidad sexual. Y de cómo pasé de ser un homosexual de closet a un gay mediático o un puto famoso.

 

            Mi infancia son recuerdos...

El recuerdo vívido más lejano que tengo es de mis seis años. Mis padres nos anotaron a mis hermanos y a mí por primera vez en un club para ir a la pileta durante el verano. Estando en el vestuario vi por primera vez un hombre desnudo y me descubrí mirándolo sin poder despegar los ojos de ese cuerpo. Era algo más que curiosidad, pero todavía aquella mirada no tenía nombre. Si bien este recuerdo indicaría que ya a esa edad los hombres me atrajeron, sólo muchos años después pude hablar de mí como gay.

A partir esas vacaciones, durante el verano, el vestuario del club ejercía sobre mi un magnetismo particular. Cada vez más, las tardes en que íbamos a la pileta, entraba al vestuario con cualquier excusa. Allí me quedaba tratando de volver a ver los cuerpos que me desvelaban, era un voyeur ansioso y precoz.
 
 

Por eso años, los de mi infancia, en el barrio, los chicos nos juntábamos para jugar a todo tipo juegos, generalmente por las tardes. Pero en verano, sin las matinales obligaciones escolares, cuando los vecinos sacaban sus sillas a la vereda para tomar “el fresco” de las noches, los chicos jugábamos a la escondida. El chiste del juego es encontrar el lugar más original para esconderse y ser el último en ser descubierto. Pero en nuestra escondida había algo raro. Noté que muchos de los pibes se escondían de a dos o de a tres, todos juntos, amuchados, rompiendo la estrategia del juego, porque a más bulto más posibilidad que los descubrieran. Una tarde, en un descanso de algún juego, Ramón, un chico de mi misma edad, me preguntó si yo ya me había escondido con Diego. El Ipa, que así lo rebautizamos al Ramón, esperaba mi respuesta con mirada cómplice. Dije que no, y no entendía su gesto. Entonces me desasnó de un tirón.

– Cuando nos escondemos con Diego, le hacemos de todo– explicó.

– No entiendo– respondí.

– Boludo, nos hacemos chupar la pija y a veces nos lo cogemos. Cuando se lo coge cualquier pibe se la aguanta piola; pero cuando se lo coge el Toro, con esa poronga gigante, grita de lo lindo.

Me quedé callado. Los chicos de mi edad nunca me habían llamado la atención, eróticamente hablando, pero si a Diego se lo cogían sólo jugando a la escondida, y sin comentarlo mucho, eso supuse que no estaría muy bien visto.

En el colegio, en los salesianos, la cosa no era diferente. En los recreos los juegos se ponían de moda un tiempo y luego se olvidaban. Pero uno me sorprendió: era una especie de mancha, pero sin que uno sea mancha y el resto los perseguidos. El juego nos tenía a todos contra las paredes del patio y cualquiera que se distrajera, o pasara caminando, era atacado por cualquiera de los participantes con el objetivo primordial de tocarle el culo. Juego raro para un colegio católico de varones.

            Cuando estaba en sexto grado, a un compañero de grado lo expulsaron del colegio. Sólo recibimos una versión de lo sucedido pero nunca pudimos hablar con él. Lo que se decía era que lo habían encontrado encerrado en el baño, cogiéndose a otro pibe. Algo era extraño: en el baño eran dos pero echaron sólo a uno.

            Ya casi en el final de la primaria estaba de moda en la televisión abierta la serie americana “Kung Fu”. El juego en el recreo era salir en grupo a hacerle Kung Fu a cualquier desprevenido. Las artes marciales que hasta entonces no eran muy populares, comenzaron a enseñarse con regularidad en clubes y gimnasios. Entonces las autoridades del colegio al que yo iba anunciaron que se abriría un curso de Karate en el gimnasio del establecimiento. Por suerte conseguí que me anotaran, la serie era mi preferida por esos años. Cuando llegué al gimnasio para la primera clase, la sorpresa no podía ser mayor. Esperaba encontrar a otros chicos del colegio, y si bien había algunos, no éramos más de diez. La mayoría de los alumnos de karate eran hombres de veinticinco años en adelante. Les pregunté a los otros chicos de qué se trataba, y me enteré de que el profesor era obrero de una fábrica automotriz del barrio. A este japonés, segundo dan, dado el furor que habían tomado las artes orientales, le habían pedido sus compañeros de fábrica que diera clases. Pidieron el gimnasio del colegio, que fue cedido con la condición de que los alumnos se pudieran inscribir al curso de karate. Así nos encontramos en un grupo donde la mayoría eran hombres que, después del trabajo, buscaban hacer algo de ejercicio, y al mismo tiempo aprender un arte marcial, de moda en aquellos años. Claro que para mí fue todo diferente: se produjo un giro en mis intereses. Ahora, el Karate quedó en un segundo plano. Porque cuando entraba al vestuario en cada clase veía que antes y después de bañarse todos se desnudaban y quedaban exhibiendo su cuerpo un largo rato. Sentí que esa parte de la práctica era la que más me interesaba: una experiencia que superaba a la del vestuario de la pileta porque era una suerte de bosque de cuerpos de obreros desnudos. Y si bien era un grupo que practicaba un deporte, la mayoría eran hombres con un importante sobrepeso que usaban las clases para salir del sedentarismo que les había abultado el abdomen. Fue entonces, en ese vestuario, donde descubrí que los hombres que me atraían no eran todos, sino los que ostentaban sus kilos de más y una importante panza. Y ahí me sentía más Kung Fu que nunca, me identificaba con el solitario caminante: creía que en eso estaba solo en el mundo, que solamente a mí podían atraerme ese tipo de cuerpos.

           

Ya en el secundario tenía claro que los hombres gordos eran mi objeto de deseo, que eran los que me producían excitación. Algunos profesores me calentaban mucho, aunque jamás pasaba por mi cabeza que algo pudiera suceder. Lo que sí sucedía entre los compañeros era una práctica que me generaba un morbo terrible, pero a la que nunca me animé a sumarme. Un grupito se juntaba por las tardes en la casa de alguno y se pajeaban todos juntos. Por lo que contaban, cada uno se atendía a si mismo, pero el juego era curioso. ¿Si pajearse era un placer solitario, para qué ese mitin erótico, esa comunión masturbatoria?

            Los años pasaban y decidí irme al seminario, a estudiar la carrera para convertirme en sacerdote. Tiempo después concluí que lo que buscaba era un lugar donde esconder lo que sentía. Los curas dirían que debía sublimar mis inclinaciones. Lejos de sublimar, concreté todo lo que había imaginado y mucho más, pero esa es otra historia, que narraré en lujo de detalles más adelante. Lo que me ocupa ahora es que concretada mi fantasía de tener sexo con otros hombres, debía mantenerlo en el más estricto de los secretos. Así pasaron los ocho años de seminario, y otros tantos más que siguieron cuando ya había abandonado los estudios para sacerdote y vivía en una ciudad pequeña donde me perseguía el miedo de que alguien me pudiese identificar por mi orientación sexual.
 
(Continuará)

18 comentarios:

Franco Gordo Puto dijo...

Este texto es un fragmento del libro que escribí en 2008: Gordo puto, amén.

Anónimo dijo...

Hola amigo, me siento tan identificado con parte de este relato, sobre todo en el tema de los vestuarios, me generaba también una fascinación que en su momento no comprendía, pensaba que era normal en todos los chicos, era demasiado inocente creo...cuando me di cuenta que no era así, empezaron los problemas...jejeje
Un abrazo
Sergio
PD: Buen año!!

Franco Gordo Puto dijo...

Gracias sergio.

Ah! Los vestuarios!!!

Te mando un gran abarzo y los mejores deseos para el año que se inicia.

Tommy Bear dijo...

Hola Franco, como andas?

Excelente relato, me sentí identificado. De chico mis viejos me mandaron a una pileta y fue también mi primera vez en ver hombres desnudos, me encantaba ver esos cuerpos redondos pero me reprimía pensando que no estaba bien. En mi adolescencia frecuentaba un gimnasio y también buscaba excusas para ir al vestidor, jeje. Hora con 28 años sigo reprimiendo mis instintos, pero cada vez me cuesta mas. Hace poco empece un nuevo trabajo y tengo un compañero que me gusta mucho y no puedo dejar de mirarlo, busco la forma de charla y dialogar con él. Me siento como un pibe de nuevo, lo peor es que no se que hacer...

Felicitaciones y Feliz Años Nuevo!

Un abrazo.

Anónimo dijo...

hola gordo, feliz sida nuevo uhhh perdon quise decir feliz año nuevo,JAPI niu iear,ajajaja, esa si que te gustó eh,gordo pillin, mi regalo un bonus para que vayas a cuestion de peso, estas mas impresentabla que Lanata lo que ya es mucho decir.

Anónimo dijo...

Una duda mas, hay algo en tu podrida cabeza que no ses sexo, sexo y mas sexo? no tenes otra cosa en que pensar? aunque en realidad no se de que me asombro, sos maricon y esa palabra es la respuesta a todas mis preguntas acerca de vos.

Anónimo dijo...

Hey Franz pasé para saludarte y desearte lo mejor para 2013, que tengas mucho y buen sexo, alegría y más relatos para compartir; veo que hay un montón de cosas para leer, hacía un montonazo que no pasaba.

Sobre esta entrada: buenísima! es un clásico la de los vestuarios; de niño me inquietaba ver hombres grandes desnudos, por ejemplo recuerdo a ver visto varias veces a un anciano que tenía zarpado pepino jajja parecía un acordeón, yo era niño y quería tenerlo igual creo que nunca llegaré :( ahhaah; con el tiempo dejó de tensionarme pero confieso que observo, y sin ningún sentimiento de culpa ni nada parecido, tampoco creo que me excite; aparte los hombres no dejamos de comparar y todas esas cosas que supongo que nos pasa a todos más alla de si somos o no gays o lo que sea.

Tal vez en alguna oportunidad te cuente algo que me sucedió hace un par de meses con un plomero en mi casa, una situación que me recordó mucho cosas de este blog cochino que torció mi atención para siempre ajajajja creo que vuestro gayradar se hubiera puesto en rojo.

Bueno, basta de chacharas...
Un abrazo fuerte, loco!
Diego

Anónimo dijo...

PD: che siempre que comento me pasa quedar cerca de este pelandrúm de arriba... espero que no me asocies con él, nada que veeer, por favooor!

Anónimo dijo...

hola gordi mirate este video http://www.youtube.com/watch?v=T3mikdagl5g, saludos

Franco Gordo Puto dijo...

Muchas gracias Tommy por tu comentario.

Ya se te va a ocurrir cómo hablar con tu compañero. Too llega.

Abrazo!

Franco Gordo Puto dijo...

Querido Diego

Muchas gracias como siempre por pasar y comentar. Ya estaba pensando que me habías abandonado...jejeje

Y no dejes de contarme la del plomero! Por favor!!!

Por lo del pelandrún que te tocó de vecino de comentario, ignoralo. Que después de tres años siga pasando y se lea todos los textos que publico y los comente, no quedan dudas que es un pobre tipo sin vida propia y que necesita parasitar en la de otros... paciencia.

Te mando un gran abrazo y todo lo mejor para vos.

Peto dijo...

Me encantan los post, seguí así. ¿Dónde se consigue el libro?

Franco Gordo Puto dijo...

Peto querido!

El libro aún no se editó.
Debió salir en 2009 y aún nada.
Ahora ya no sé si saldrá.

Abrazo.

Mario dijo...

Buen relato! queremos más!

Franco Gordo Puto dijo...

Yo también manuel!!!

Franco Gordo Puto dijo...

Mario, muchas gracias.

En breve más relatos.

Abrazos!!!

Franco Gordo Puto dijo...

Disculpen los que habitualmente comentan por aquí.

Tengo que volver a moderar los comentarios, porque el enfermo que no deja de molestar desde hace tres años, ahora firma con los nombres de otros lectores.

Los comentarios que tengan que ver con el blog, serán publicados.

Gracias por entender, saludos.

Franco

Anónimo dijo...

LLo te comería toda la polla