domingo, 3 de enero de 2010

¿Venís siempre a bailar acá?

No hacía mucho que habíamos comenzado con Doble Ancho, el programa de radio del club de Osos de Buenos Aires, cuando los directivos de la radio nos invitaron a compartir una fiesta en el boliche en que ellos animaban las noches de los martes, en Ramos Mejía.
Nos juntamos poco más de una docena de Osos y cazadores del club y a la hora señalada estuvimos en la puerta del mítico Pinar de Rocha del oeste bonaerense. El lugar se presenta como en sus años de esplendor, en los setenta. Con el plus de haber sumado los nombres y frentes de los principales boliches de aquellos años e incorporarlos como parte de la escenografía del lugar.
La de los martes es la noche gay. Sergio, uno de los directivos de Argentina Gay Radio está a cargo de la conducción. A medida que avanza la noche el lugar se va llenando y, como era de esperar, los únicos Osos éramos nosotros.
La velada incluía cena-show y luego baile. Concluida la primera etapa y viendo que no había más Osos que los conocidos decidí volver a casa. Recorrí una vez más el lugar para pasar –tal vez por última vez- por todos los recovecos que guardaba en la memoria y, cuando ya estaba por atravesar el último de los puentecitos que forman parte de la ambientación, lo vi. Un Oso de características inusuales. Alto, como de un metro noventa, redondo por donde se lo mire, cabello no muy corto rojizo y barba completa: un verdadero vikingo.
Sin perder tiempo (me dije que debía dar el primer paso si no quería perder ante los otros interesados que yo sabía eran parte de mis amigos en aquella ocasión) me acerqué con naturalidad y traté de iniciar una conversación. Solo atiné a decir hola.
Sin responder giró sobre sus talones quedando de frente a mi, yo contuve el aliento. Me miró con severidad y desaprobación. Yo, que había pensado comenzar por elogiar sus perfectas características osunas, cambié de estrategia en el momento y sin nada mejor que decir, opté por aquel lugar común tan típico de los setenta, como el ambiente en que estábamos: ¿venís siempre a bailar acá? pregunté.
Sí, -respondió el vikingo, y los segundos que siguieron se hicieron eternos – soy el jefe de seguridad del boliche. – dijo mientras me apartaba con una mano enorme (que yo ya había imaginado acariciándome) y pasó a mi lado sin mirarme para perderse en la multitud de los que bailaban frenéticamente al ritmo de la música de moda.