viernes, 10 de febrero de 2012

Terapia de grupo


En una tarde de playa, en Copacabana, cerca de la barraca de Paulo - el quiosco de bebidas y alquiler de sombrillas donde nos acomodamos los hombres que buscamos hombres que entendemos valen la pena para nosotros -, los conocimos. Eran el destino de las miradas de todos los adoradores de gordos que esa tarde decidimos ir a probar suerte bajo el sol (convengamos, nadie va por el mar templado, ni la arena blanca, ni el agua de coco helada, ni los 40 grados, ni ninguna de esas cosas de turistas).

Después de chequear -vía contacto visual- que había onda, me acerqué a saludar. Caipiriñas en mano: dos, una para cada uno de los hermosos gordos que, de provocativas sungas, me recibieron sonrientes. A los pocos minutos juntamos las sillas y olvidamos las sombrillas. El sol ya caía.

Como sospechábamos con Raul, no eran de Rio. Estaban de vacaciones. La charla avanzó por el lado de las parejas. Se asombraron con nuestra historia y comenzaron las preguntas: que cuánto hace que están juntos, y cómo fue eso de vivir uno en cada país durante todos esos años, y son pareja abierta entonces, y no les da celos, y siempre es los juntos la cosa o cada uno puede por separado, etc., etc.

Imaginé por donde venía el interés del interrogatorio y con un par de preguntas confirmé mis sospechas. Estaban en pareja hacía un par de años y esas vacaciones decidieron que era el momento de abrir el juego. Pero estaban inseguros.

Después de la playa fuimos a cenar. La tensión sexual se podía casi tocar. Preguntas que no disimulaban los dobles sentidos ni las claras intenciones de ir a la cama, los cuatro. El más robusto, el de los tatuajes, se comía a Raul con la mirada; el más rubio, me apoyaba la pierna por debajo de la mesa sin dejar lugar a la menor duda sobre sus intenciones.

Sin preámbulos anuncié que íbamos a tomar el café en casa. Nadie se opuso.

Durante el viaje, el de los ojos claros,  trataba de explicarme que era su primera vez que, con esta pareja, hacían algo así, que tenía cierto temor, que patatín, que patatán… ¿Qué le podía decir? Dije lo que él esperaba oír: “nadie va a hacer nada que no tenga ganas, ¿de acuerdo?”

Ya en casa, pensando que era evidente que cada uno tenía su predilección, nos separamos por parejas. Mi rubio, miraba todo el tiempo hacia el lugar donde estaba su tatuado. Comenzó a disculparse diciendo que no estaba tranquilo y pidió si podíamos estar los cuatro juntos. Prendí la luz y Raul pasaba por una situación idéntica.

Desnudos como estábamos, nos sentamos en ronda y comenzamos a conversar como en una singular terapia de grupo. Fue entonces que el más rubio, el de los ojos claros, contó que con una pareja anterior había tenido malas experiencias al respecto. Contó que el otro podía hacer lo que quería y él tenía que aceptar lo que venía. Ahora quería tener más control de lo que pasaba. Contó que él se había imaginado que estaríamos los cuatro juntos y, luego, veríamos qué pasaba.

Raul, sin experiencia en terapias, pensó que todo había naufragado y propuso dejar todo ahí. Se puso de pie, lo mismo que los indecisos tortolitos, como para dar por finalizada la sesión. Entonces se me prendió una alarma interior y entendí que tenía que actuar rápido. Ya también de pie, abracé al rubio y a Raul que tenía a mis lados y juntando a todos en un apretado amontonamiento – que no abrazo - comencé a besar al tatuado que tenía enfrente, sin soltar a los otros dos. Al separarnos, fue el turno de los otros dos de fundirse en un beso. Ahí el nudo se desató y sucedió todo lo que podía suceder entre cuatro hombres que se tenían ganas.

Antes de despedirnos, como aplicados pacientes de una terapia sanadora, nos volvimos a convocar para la siguiente sesión.  



2 comentarios:

Silvio dijo...

Yo creo que la sicología no sirve para nada. Al menos acá sirvió para que pase algo bueno.

Gordo puto, amén dijo...

Jajaja
Gracias por tu sinceridad.

Abrazo.