jueves, 18 de noviembre de 2010

Pisándole la manguera al bombero

Dice el dicho popular que entre bomberos no se pisan la manguera. Pero…

Parte I
Aquella noche también estaba en la puerta de la fiesta semanal de Osos de Buenos Aires. Y -de la manera más descarda- un cazador me encaró pensando que –como muchos Osos- no podría resistirme a sus encantos. Lo tomé de la cintura, lo apreté contra mi cuerpo generoso y susurrándole al oído le expliqué la verdad de la milanesa: - Me gustan los Osos gordos, bien gordos. Igual gracias por el intento. Se despidió con una sonrisa cómplice y se perdió entre la multitud de cuerpos deseantes.
Media hora después llegó Rubén. Nos saludamos con el cariño de siempre, el mismo desde el primer día. Miró el ambiente con ojos de escáner de aduana y sentenció con desagrado: - No se ven muchos cazadores, otra noche que vine en vano. – Error, - corregí – hay un cazador que nunca había visto por aquí y que es justo lo que te recetó el médico: de un poco menos de treinta años, delgado pero no raquítico, con el color de piel justo, bien de barrio, para hacerte todos los ratones posibles. En resumen, un chonguito para que te chupes los dedos. Está de chomba roja y hace una media hora me avanzó. Si te apurás, es posible que aún esté libre.
Creo que no escuchó el final de la frase. Con el radar cazachongos activado en máximo salió a recorrer el lugar.
A los cinco minutos regresó. Cara de pocos amigos. – ¿Libre dijiste? – Sí, creo que dije libre, sí. – Tal cual, estaba libre y es taxi. La carcajada nos creció al mismo tiempo desde el fondo de las panzas soberanas. – Perdón…– quise argumentar. – No, yo tampoco me di cuenta. Lo encaré, y ya estaba listo para la acción cuando me pasó la tarifa.- Me disculpó, como solo él sabía hacerlo.


Al taxi lo seguí viendo por largo tiempo en las fiestas. A Rubén lo extraño, me hace falta cada día.

Parte II
Desde finales de 2004, en Buenos Aires, en cualquier tipo de fiesta con público, es obligatoria la presencia de un bombero. Las fiestas de Osos no son la excepción. La disco en la que hacíamos las fiestas en tiempos que me abordó el taxi boy, tenía su bombero. No era un secreto para nadie que con sus formas provocadoramente redondas, su sonrisa siempre diciendo “ustedes saben que yo sé que les gusto” y su mirada azul-pícaro, me tenía profundamente alterado.
-Ya te dije que es hétero, casado, con hijos, que trabaja de noche para ganar un extra – me trataba de convencer Pablo –adoradordegordoscompulsivo-, mientras yo me resistía (soy de aquellos que creen que todos los gordos lindos son gays y, por supuesto, yo les voy a gustar).
Una de las rutinas de aquellas fiestas era convidar a los presentes con sándwiches de miga. Yo supervisaba el reparto y, como ya habrán concluido, el primer plato en ser separado y entregado personalmente por este escriba, era para el bombero que tenía su punto de trabajo cerca de la entrada.



Una noche faltó el chico del guardarropa. La gente del boliche le pidió al bombero el favor de reemplazarlo, ya que no tenían más personal. Esa noche el plato de triples fue más especial que nunca. Al entregarlo, aproveché y me quedé conversando. Consciente que otra oportunidad así no se presentaría en breve, aceleré y pasé sin escalas de “los piropos que todos en la fiesta querían decirle y no se animaban”, a mis propios elogios o sus ojos, su sonrisa, su figura y –como no retiró la mano cuando se la sujeté sobre el breve mostrador del guardarropa- lo invité a tomar un café al final de la fiesta. – Mirá, mejor no me agarres la mano, acá todo el mundo habla ¿viste? – Dijo con dulzura. – Nunca estuve con otro hombre, pero cuando me decida, va a ser a vos a quien voy a llamar. – Prometió, guiñándome un ojo.
Le anoté mi número de teléfono y accedí a su pedido de apartarme para evitar comentarios.
Me instalé en la mesa de entrada, muy cerca del guardarropa, desde donde mi bombero me miraba con disimulo pero sin reticencia. De pronto, aquel taxi boy de chomba roja, estaba a mi lado, preguntándome: - ¿Arreglaron algo? – Perdón, no entendí. – Traté de disimular. – Te vi hablando con el bombero y pensé que estaban arreglando un encuentro. – No. Para nada. Hablamos sí, pero me dijo que no sale con hombres. –Quise cubrir al hétero con dudas.
No fue una carcajada. Ni una sonrisa socarrona. Más bien un gesto piadoso para con un pobre inocente. El taxi boy –dueño de aquel gesto- me miró con ternura a los ojos y me informó: Gratis no. Si le ofrecés un valor interesante acepta. Atendemos los mismos clientes.

Epílogo
Como dice el personaje de Ricardo Darín en Nueve Reinas, putos no faltan, lo que faltan son inversionistas.
Buenas noches.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

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Gordo puto, amén dijo...

Ok friend!
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Hugs!

montse rodriguez dijo...

Que cruel es la vida, falta dinero y sobran put@s.
Un Beso

Gordo puto, amén dijo...

Gracias Montse por pasar y comentar.

Y sí, la vida es injusta, jaja.

Besos.

el osculador dijo...

Muy buena anécdota, Franco. Espero que sigas publicando muchas más. Tienes una prosa muy particular.
Saludos a Raúl.

Gordo puto, amén dijo...

Gracias Osculador,

fuerte abrazo.

Anónimo dijo...

hola Franco, que buena historia. Podría contarte una de bomberos, pero no publicable -el menos, no con todas las letras-
Un abrazo, es un placer que ahora tan a mennudo nos deleites con tus relatos
boris

Gordo puto, amén dijo...

Gracias Boris!

Ahora me quedo con la intriga...
Bomberos... Erám varios? ja, ja.

Seguro que si cambiamos un par de datos, la historia se puede publicar.

Abrazos.

Anónimo dijo...

ok, yo te doy la historia real y vos la haces literaria y cambias por datos ficticios, te parece? dame un email que te cuento

Gordo puto, amén dijo...

Boris.

Mail
fmpastura@gmail.com

Quedo a la espera.

Abrazos.