En el mundo de los Osos supe que nada es un compartimiento estanco.
Hay Osos que son gays y viven solos, hay otros viven en pareja cerrada, en
pareja abierta, en tríos, cuartetos. Están los que siguen viviendo con sus
padres. Algunos conviven con sus parejas, otros no, viven en casas separadas.
Hay Osos que son casados y bisexuales, y que, de vez en cuando o muy
frecuentemente, se llegan a los lugares donde saben que pueden satisfacer su
costado homosexual. Hay Osos casados sin hijos, con hijos, con nietos, viviendo
con sus esposas o sólo con sus hijos. Hay algunos que no lo hablan con sus ex
esposas e hijos, otros que lo hablan con sus esposas y estas lo aceptan. Pero
la mayoría llega a las fiestas de Osos tratando de no ser visto. Hemos hecho
fiestas en lugares alejados del circuito y el público es totalmente diferente a
cuando nuestras fiestas se hacen en boliches del circuito gay. Muchos Osos
prefieren otros lugares de encuentro, como saunas o cines, que brindan mayor
discreción. Pero los “casados”, los “bi”, los que temen perder su empleo si se
conoce su identidad sexual, los que no se animan a hablarlo en sus familias, no
son los únicos que buscan nuestra fiestas como refugio.

Cuando empecé a frecuentar las primeras fiestas de Osos me crucé con
un ex compañero de seminario, Roberto, a quien había visto ya ordenado
sacerdote. Lo saludé y no me reconoció. Le dije mi nombre, y entonces sí:
habían pasado veinte años y yo estaba muy distinto. Yo estaba con amigos, que
había ido conociendo en mis primeras incursiones en el mundo osuno. Él se quedó
en la rueda y entonces me preguntó:
– ¿Vos también te dedicás a la
psicología?
– No– respondí. Y la charla se cortó de golpe.
Nos despedimos, y quedamos de seguir conversando más tarde.
En un momento en que yo estaba solo, se me acercó. Y me dijo:
– Boludo, yo pensé que entendías la
pregunta. ¿Seguís siendo cura?
– No. No me ordené. ¿Vos seguís siendo cura?
– Claro.
– Ah. Y ¿siempre venís acá?
– Sí, cuando estoy en el país. Viajo mucho.
(Me acordé de Edgardo – mi compañero que no se movía de ahí, de
acuerdo a lo aprendido con Parménides–,
que al año de estar ordenado cura, ya viajaba a Europa, con la excusa de
conocer el Vaticano).
– ¿Y no tenés miedo de que te vean? –
pregunté.
– Si me ven acá están en la misma que yo, y si no está
todo bien. Esperá –
Se fue unos
minutos y regresó acompañado.
– Te presento a mi hermana, Mario, es
párroco, y él es su pareja. – el femenino
ya no me sorprendía.
– Mucho gusto – dije algo cohibido.
– ¿Todo bien? – preguntó Roberto.
– Sí. Sólo que no me imaginé que podía encontrarlos acá.
– Mirá. La mayoría de los curas no se anima, y viven torturados toda
su vida. Por otro lado hay gente valiosa que no se animó a ordenarse cura
porque no pudo manejar su tema. ¿Te acordás del Osito, tú con– diocesano?
– Sí, por supuesto – respondí. Como olvidarlo. Un compañero del
seminario al que le decíamos el Osito: lo recordaba con pelos y señales.
– Bueno, él no se animó a ordenarse y es un tipo valiosísimo. ¿Y
vos? ¿Por qué no te ordenaste?
– Por varios motivos. Principalmente porque no me sentí más parte de
una institución tan ligada a los genocidas de la dictadura. Por su complicidad
histórica con toda forma de maldad. Le dicen a la gente que el reino de los
cielos es de los pobres y los curas sólo piensan en el cero kilómetro y el
viaje a Europa. No me cerraba la doble vida en lo material, y tampoco en lo
sexual. Era demasiado doble discurso: predican el celibato y cogen como
conejos; le piden a la gente fidelidad en sus matrimonios y los curas pueden
jugar al “Seis grados de separación”, y en menos de tres pasos, seguro que
aparece con quien cogieron.
– Sí, pero alguien tiene que hacer el trabajo– fue su respuesta. Y
dimos por terminada la charla.
A Roberto lo veo de vez en cuando en alguna fiesta. La última vez se
me acercó y me dijo al oído.
– Si hubiese sabido en el seminario
que eras del gremio, no te perdonaba la vida. Estabas refuerte de pendejo.
Pero los hombres de Dios no sólo
frecuentan las fiestas gays. También las patrocinan.
Cada vez que necesitamos encontrar un lugar bien grande para hacer
nuestras fiestas de Osos, debemos recorrer numerosos locales: boliches,
teatros, salones de fiesta, etc. En una oportunidad nos hablaron de un lugar
bien amplio, en pleno centro. Lo fuimos a ver y nuestra sorpresa no fue menor:
el lugar estaba lleno de imágenes religiosas. Nos presentamos debidamente,
aclarando que somos una asociación de varones homosexuales y consultamos sí, de
todos modos, sería posible que nos alquilaran el lugar.
– Sí. ¿Cuál sería el problema? –preguntó
uno de los encargados.
– No. Es que vemos tanta imagen religiosa, y tal vez podían no estar
de acuerdo con nuestro estilo de vida– respondimos.
– ¿Van a pagar el alquiler?
– Claro.
– Entonces no hay problema.
– Bueno –insistimos –, es que en nuestras fiestas nos expresamos
libremente. Es decir: nos besamos, nos abrazamos, y además, por lo general hay
una sección que llamamos dark room, y ahí pasa de todo.
– Bien. ¿Cuál es el problema?
Hicimos la fiesta y, como es nuestra costumbre, también tuvo su cuarto
oscuro. El espléndido salón antiguamente fue una fundación católica (y sigue
siendo propiedad de la Iglesia)
y su mentor era el asesor espiritual de la Liga Patriótica,
aquel grupo de asesinos que alentados por la Iglesia Católica
fusilaba obreros que reclamaban por sus derechos en los comienzos del siglo XX
en la Argentina.
En esa fiesta también estuve en la puerta recibiendo a los que
llegaban. Marito, un Osito con quien me une una larga amistad, al saludarme me
dice.
- ¡Cuántos recuerdos!
- ¿Recuerdos? – quise saber más.
- Sí, trabajé cinco años acá, en
la parte administrativa, cuando era parte de la
Iglesia. Si las
viejas supieran el destino que le dan al lugar se morirían.
- ¿Qué viejas? – pregunté.
- Las que se quedan solas con
mucha plata y cuando ven que se van a morir
donan todo a esta
institución y vienen a vivir en los pisos superiores donde hay habitaciones. Si
supieran que sus piadosas donaciones sirven para mantener un salón donde se
hacen fiestas gays no lo soportarían.
Pero Roberto y Mario no son los únicos curas que frecuentan el mundo
de Osos; en realidad, los curas son parte habitual de nuestro público. En el
primer capítulo ya relaté la historia de Virgilio, el sacerdote cubano que
conocí en una fiesta de Osos. Es que nuestras fiestas llega gente de todo el
mundo. Literalmente. Tratando de dar la bienvenida a la gente que llega a cada
evento, converso con ellos y si veo que son caras nuevas, pregunto de dónde
son, cómo nos conocieron, etc. Un sábado, recibiendo a la gente en la entrada
de una fiesta, llega un hombre moreno, de un metro ochenta de altura con el
cuerpo contundente de un vikingo. Le doy la bienvenida y, por su acento, noto
que no es argentino. Me aclara que es de Colombia, y que está de paso por la
ciudad.
Más tarde, cuando ya la fiesta
avanzaba, vi que el colombiano estaba sólo en la barra. Me acerqué y comencé a
conversar con él. Esa noche nos fuimos juntos. Cuando estábamos al pié de la
cama, se puso serio y me dijo:
– Antes que hagamos nada, tengo que
decirte algo.
Yo imaginé varias hipótesis, pero no quise adelantarme y dije:
– Tranquilo. Decime.
– Soy cura. No en realidad, soy obispo. Vine a un encuentro aquí en
Buenos Aires y sabía de las fiestas de Osos, y no pude con la tentación– en ese
momento me vino toda mi historia pasada entre sotanas. Y también pensé que
debía desarrollar una suerte de magnetismo por los Osos religiosos.
– Está todo bien. ¿Vos tenés algún problema?
– No.
– Bueno– dije, tratando de que las palabras no demoren ni anulen los
hechos–. No se habla más, sacate la ropa, portate bien y arrodillate acá.