viernes, 22 de marzo de 2013

400 homosexuales desaparecidos durante la dictadura


            A pesar que hace más de un año se anunció la creación del Archivo de la memoria de la comunidad LGBT, para conocer la historia de los 400 homosexuales desaparecidos y negados por el libro Nunca más, seguimos sin tener muchos datos.

            La información de estos 400 desaparecidos, que estaba en pode de la CONADEP,  no se incluyó en la redacción final del informe por presión de la iglesia católica.

            Este relato es un ejemplo de lo que sucedía en aquellos años. Forma parte de un capítulo más extenso del libro “Gordo puto, amén”.

 

... el amigo de Jorge “el Vasco”, tuvo peor suerte.

Jorge, maestro de profesión, es gay de toda la vida. En su juventud, en 1977 al comienzo de la dictadura, no sabía muy bien dónde dirigirse para conocer gente. Un día, el profesor de Educación Física de la escuela donde trabajaba, con quien se entendía bien, le dijo que había bares en el centro donde se podía conocer gente del ambiente. Quedaron para el sábado por la noche. Jorge, que tenía un Citroën 3CV, pasó a buscar a su compañero de trabajo por la casa a la hora pactada. Desde el oeste del gran Buenos Aires, viajaron hasta un bar del centro, en Callao y Santa Fe. Al llegar, notaron que ese sábado, cerca de las 22, mucha gente había tenido su misma idea, y no había lugar para estacionar en la cuadra. Jorge le sugirió a su amigo que baje, busque una mesa, mientras él iba a dejar el auto donde pudiera. Infructuosamente deambuló por veinte minutos: ni un lugar en la zona. Volvió a pasar por la puerta del bar para que su amigo notara que seguía buscando dónde estacionar. Pero para sorpresa de Jorge, ahora su amigo se iba acompañado de un hombre alto y delgado. Al verlo, su amigo le hizo una seña que no pudo descifrar. Lo vio subirse a un auto particular, y partir. Bastante molesto, Jorge siguió dando vueltas, hasta que pudo estacionar. Rumiaba maldiciones contra el egoísmo de su amigo. Habían venido juntos hasta el centro, a un bar que no conocían, y lo plantaba de esa manera tan insolente. De todos modos, encontró lugar para su auto y se sentó en una mesa libre del bar. Tenía la esperanza de conocer a alguien o de que su amigo volviera. Las horas pasaron, y no sólo no tuvo suerte, sino que su amigo ya no regresó. Pagó su cuenta se volvió solo hacia el oeste.

El día siguiente no pensó en su amigo. El lunes, Jorge notó que su compañero de andanzas del sábado por la noche, no había ido a trabajar. Por la noche, al llegar a su casa, recibió un llamado telefónico. Era la hermana de su amigo que le preguntaba si sabía algo de su hermano. Respondió que no, que habían salido juntos el sábado por la noche pero que desde entonces no lo había vuelto a ver. No se animó a contar nada de lo que había sucedido esa noche en el bar. Le prometió a la mujer que si sabía algo le avisaría y cortó. Preocupado quedó pensando que podía haber sucedido. Al día siguiente, el profesor de Educación Física, tampoco asistió a la escuela. El Vasco ya empezaba a estar asustado. Él había visto como su amigo subía al auto de un desconocido y nunca más había regresado. Pero no sabía qué hacer. En plena dictadura uno no podía ir así como así a una comisaría a preguntar por una persona perdida. Tal vez le responderían que estaba desaparecido, como respondía el mismo dictador Videla ante cada consulta de paradero de una persona a la que no se podía hallar.

El miércoles por la noche sonó el timbre de la casa de Jorge. Era su amigo, visiblemente desmejorado y con marcas, en principio, en la cara. Lo hizo ingresar en la casa, y le preguntó que había pasado. El desaparecido contó que una vez en el bar se sentó en una mesa libre y pidió un trago. Pocos minutos después el hombre alto y delgado que Jorge había visto, le preguntó si podía compartir la mesa. Hablaron unos breves minutos, en los que quedó claro que podrían irse juntos para pasar la noche. Fue entonces cuando el desconocido mostró la credencial policial y lo obligó a acompañarlo. Las señas que Jorge no había entendido eran de auxilio. Al llegar al auto, donde esperaban otros dos agentes de civil, lo obligó a subir y partieron rumbo al sur del Gran Buenos Aires. Le contó el secuestrado a Jorge, pero su amigo no sabía donde lo tuvieron. Lo torturaron y lo amenazaron con matarlo si seguía buscando otros hombres para tener sexo. Ese miércoles por la noche lo habían soltado cerca de la estación de Lanús. Y al primer lugar que pensó en ir fue a la casa de su compañero de trabajo.
 
 

2 comentarios:

Mario dijo...

Bien Franco!

Franco Gordo Puto dijo...

Gracias Mario,

un fuerte abrazo.