
No hace mucho, los resultados de una encuesta sobre las pasiones nacionales de los brasileros, me produjeron bastante gracia. ¿Por qué? Porque entre las pasiones nacionales, además del fútbol, el carnaval y la cerveza, están los culos (bundas). Y para ser estrictos, el primer lugar, la pasión nacional más extendida a lo largo y a lo ancho de este país-continente son, nada más ni nada menos que: los culos.

La imagen de Brasil, fuera de sus fronteras, es la de un pueblo absolutamente liberal. Y la constatación dentro de las mismas, no es tal. La amenaza creciente de los fundamentalistas religiosos jaqueando a los políticos es una muestra.
En 2008, cuando aún vivía en Buenos Aires, participé de una reunión de las Autoridades del Mercosur para los Derechos Humanos. La posición de Brasil, sus documentos y el apoyo gubernamental a las iniciativas en reclamo de los derechos LGBT, me llenaron de envidia. Brasil fue el primer país del mundo en realizar una Conferencia LGBT y en tener el primer presidente en presentar un Programa Nacional para este sector de la población.
Sin embargo, no todas son rosas. Ya he mencionado alguna vez en esta columna la notable revista Caros Amigos. Allí pude saber que “Brasil es el campeón mundial en crímenes por odio sexual” (Caros amigos 148, pág. 20-21).
Mucha contradicción.
El país con la Parada Gay más numerosa del mundo, con iniciativas para nuestra comunidad más que elogiables y con el record mundial de crímenes contra gays, lesbianas y travestis.
Antes del primer turno de elecciones nacionales, mi amigo, el argentino Bruno Bimbi, que está cursando una maestría en letras, aquí en la PUC de Río, envió al periódico O Globo -y consiguió que le publiquen- una carta de lectores donde señalaba que le tema del matrimonio entre personas del mismo sexo estaba ausente del debate pre electoral. Entre los numerosos comentarios, los que sobresalían no eran los que defendían “los mismos derechos con los mismos nombres para todos”, sino los que invitaban al argentino a volverse a su país.
Por las calles de Rio vi, algunas veces, no muchas, mujeres de la mano en clara muestra de valor, de desafío; diciéndole a quien quiera darse por enterado que su amor no es invisible. Por otro lado, nunca vi por las calles a dos hombres dando ese tipo de señales de afecto. Nos sorprende a quienes no nacimos cariocas, el volumen usado para hablar. En su trabajo Casa-Grande & Senzala, el sociólogo Gilberto Freyre intenta una explicación del por qué de los brasileros hablan alto: en varios siglos de sistema esclavista, el recibir órdenes a los gritos, trajo como respuesta que, cuando pudieron hacer oír su voz, los habitantes libres comenzaron a hablar a los gritos. Dicho por Chico Buarque de manera inmejorable: “O que será que estão falando alto pelos botecos”.
No somos invisibles, somos iguales a los demás. Y si los impuestos que pagamos las personas LGBT son los mismos que los impuestos que pagan las personas que no lo son, si las obligaciones ciudadanas son idénticas para todos, los derechos que exigimos, son los mismos y con los mismos nombres. Creo que es tiempo de gritar ante tanto avance religioso que quiere condenarnos, una vez más como lo hicieran tantas veces a lo largo de la historia, en pleno siglo XXI.
No creo que los políticos brasileros lean este comentario (bueno, nunca se sabe), pero sí creo que si todos los que formamos parte de una sociedad, exigimos los derechos que nos corresponden, los que tienen la obligación de legislar para todos (y en “todos” se incluyen a “todas las minorías”), deberán legislar de modo que todos seamos tratados como ciudadanos de una única clase y ya no, como de segunda, no merecedores de los mismos derechos. Y, sobre todo, mantener un estado laico, que no se deje presionar por ninguna religión, sea esta de la creencia que sea.
Mientras no haya una legislación que garantice la igualdad, mientras no se legisle para castigar todo tipo de discriminación (y agresión) contra las distintas formas de la diversidad, seguirá existiendo una deuda para con una importante porción de la población.
Cuando esto se revierta, cuando la legislación no discrimine, podremos salir por las calles de la mano, hablando alto sobre nosotros, sobre nuestra identidad, sin temor a ser discriminados, agredidos, estigmatizados o asesinados.