No es la primera vez que leyendo el blog de Xtian (putoyaparte.com) recuerdo cosas que me sucedieron y que estaban durmiendo en el fondo de mi memoria, sin ser consideradas como recuerdos válidos. Hasta me tienta la idea de formular algún tipo de axioma inútil: Todos hemos vivido cosas similares.
En el final de uno de sus posts uno de los personajes le pide a otro que le muestre el llavero, y en realidad le pedía que le muestre la pija. Y los personajes no eran gays. Al menos en apariencia, no explícitamente.
Cuando conocí el mundo de Osos, otra de las primeras afirmaciones que me golpeó fue: “entre nosotros el problema es la pija”. Para mí no lo era y me dejó pensando.
Pero volvamos a los recuerdos. Cuando comenzaba yo el secundario, en segundo año, se sumó al curso un nuevo compañero que repetía y era de otra escuela. En uno de esos viajes que organizan los maestros para pasar el día fuera del establecimiento educativo, este chico se dedicó a sacar de sus pantalón la pija y mostrarla a todos los que quisieran verla. Claro que en los años de adolescencia (y del proceso) nadie se asumía homosexual. De modo que podríamos decir que esta era una práctica heterosexual.
Luego ingresé al seminario para ser cura. Y allí también tenía un compañero exhibicionista. Estaba todo el tiempo tocándose y cuando había oportunidad, la sacaba para que el resto la vea. Allí, aunque estaba lleno de homosexuales, nadie lo era. Bueno, en teoría.
Pasaron los años y comencé a trabajar en un canal de cable. Durante algunos años fui conductor del noticiero. Uno de los camarógrafos, casado con mujer, cuando estábamos al aire, en vivo, presentando las noticias, desde su lugar detrás de las cámaras, sacaba el miembro y lo sacudía –presumo- para que nos tentáramos y no pudiéramos seguir hablando. Algunas veces lo consiguió.
Lo que pienso sobre esto, no lo puedo expresar mejor que Xtian. Esto respondía él a uno de los comentarios que dejaron al post: “A muchos hombres (heteros) les gustan las pijas grandes. No sólo a los hombres gays. En serio. Es por eso que un tipo horrendo como Ron Jeremy, con una pija gigante, se hizo millonario protagonizando películas porno (que compran mayormente hombres heterosexuales, no mujeres). Y es por eso también que las travestis con pijas grandes tienen tanto éxito, también, en el mercado. Esas travestis son pagadas por hombres heterosexuales. Y no, yo no soy de los que cree que si a un tipo le gusta una pija, eso lo hace automáticamente gay. Gay es alguien al que le gusta un hombre completo, no una pija de vez en cuando. A los hombres heterosexuales les gusta la pija (en general la propia) y también la de otros, aunque la cultura les dice que no debería gustarles.
En ese sentido, no conozco UN SOLO caso de un tipo que haya empezado teniendo sexo con travestis y luego se haya asumido gay y haya pasado a tener sexo con hombres. Eso es porque cuando un tipo hetero se coje (o es cojido por) una travesti, se está cojiendo algo que se siente y se percibe, piel a piel, como mina, pero que viene con pija de bonus. Un combo atrayente, digamos.
Ojo, no me manden a la hoguera, que tampoco soy tan cuadrado. No digo que a TODOS los hombres heteros les guste la pija (grande). Pero sí a muchos más de lo que lo admitirían. Y no lo admiten porque todo el mundo (empezando por la novia y siguiendo por los hombres gays y siguiendo por las feministas) dirían que es un reprimido o un mentiroso o un hipócrita. Y no es, en general, así, es simplemente un hombre al que te gusta, y sabe apreciar, la belleza de una pija grande.”
martes, 8 de diciembre de 2009
sábado, 5 de diciembre de 2009
De todo como en botica
Muchas veces, en diversos reportajes, tanto para la prensa como para el ámbito académico, me preguntaron por la conformación del tejido social de Osos. Y recurrentemente respondo: hay de todo, como en botica. Y es que es así. Nuestro espacio de encuentro es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Y, al menos en Argentina, el mundo de Osos ofrece un catálogo lo suficientemente amplio como para poder afirmar sin temor “que hay de todo”.
Se pueden encontrar hombres que trabajan en relación de dependencia, autónomos, docentes, profesionales, estatales, empresarios y desocupados. Los que desde muy chicos se fueron de sus casas al asumir su homosexualidad y los que siguen viviendo con sus familias a los sesenta sin animarse a admitir su condición. Los que viven en pareja, los que viven solos y los que con casi cuarenta años siguen dependiendo de sus padres. Personas que no creen en nada y catequistas de misa dominical. Librepensadores, intelectuales, políticamente incorrectos y de los otros. Están los que tienen su corazón en la izquierda política, los que arrastran una herencia de derecha y los que no entienden nada. Los comprometidos y los abúlicos. Los que quieren controlar todo y los que solo quieren divertirse. Y así podríamos seguir la tarde entera.
Pero también están los que bajo una imagen de aparente normalidad esconden aspectos que, si no fueran tan graciosos, darían miedo.
Una de las primeras cosas que me golpeó cuando recién llegaba al mundo de Osos fue la afirmación de uno de mis recientes conocidos que me dijo: “tenés que estar atento, porque acá somos “todas viajadas y leídas””. En ese momento me sonó un poco fuerte, pero al tiempo entendí que era absolutamente cierta la sentencia.
Y no es que estemos todos para el psiquiátrico, pero hay personajes que nos dejan dudando.
Gente que usurpa títulos (se acuerdan del “dígame doctor”), los que se construyen imaginarias familias importantes, los que ostentan profesiones de las más variadas de las que no tienen la más mínima idea. Pero todos no dejan de ser parte de la fauna de un sector de la sociedad que, como cualquier otro, tiene sus ejemplares exóticos.
Lo que sí es más delicado es la presencia de los que no muestran mucho equilibrio al momento de relacionarse. Y, como en las mejores familias, también circulan por nuestro medio.
Contaba yo que Javier, en su primera fiesta de Osos, se fue acompañado. Se fue con Andrés, a quien con el tiempo todos llamaríamos “el loco”. Un tiempo después, Javier contaba que la llegada de Andrés a su vida le trajo muchos cambios, unos buenos y otros ya les cuento.
Javier, a partir de su nueva relación, decidió ir a vivir fuera de la casa familiar, compartiendo un alquiler con un primo. Andrés, que vivía bastante lejos, se fue quedando de a poco a vivir en la nueva casa de Javier, al menos durante la semana. En esos meses Andrés le contó a Javier que antes había estado saliendo con un miembro del club y que lo había dejado por él. Ésta era la excusa que le ponía a Javier cada vez que éste quería ir a alguna actividad de Osos. “No puedo,” le decía Andrés,” es que como yo dejé a Manuel por vos, hay varios miembros de Osos que me juraron que si aparezco por allí me van a trompear”. Javier quiso saber quiénes harían tal cosa. Andrés respondió: “Manuel, Aldo y Franco, entre otros.”
El Franco en cuestión no era otro que yo, que, hasta entonces, no tenía noticias de la existencia de este tal Andrés. Lo que sucedía es que Andrés no había terminado con Manuel y los fines de semana –en que le decía a Javier que iba a visitar a su familia- los pasaban con Manuel, por ende, no podía ir a las actividades de Osos con Javier, porque allí estaría Manuel.
Finalmente el noviazgo de Javier y Andrés terminó casi al mismo tiempo que el noviazgo de Andrés y Manuel. Javier volvió a las fiestas de Osos. Una noche de domingo me acerco a conversar con él y, cuando le digo mi nombre, empalidece y me pregunta: “¿me vas a pegar?” En ese momento no entendía nada. “Te conozco hace cinco minutos, ¿por qué te pegaría?” Y me contó la historia del loco Andrés.
Andrés no se tomó bien la ruptura. En un día podía llamar por teléfono a Javier hasta diez veces y enviarle muchos más mensajes de texto pidiéndole que retomen el vínculo. Javier siempre se negó. Varios años después Andrés sigue insistiendo.
Se pueden encontrar hombres que trabajan en relación de dependencia, autónomos, docentes, profesionales, estatales, empresarios y desocupados. Los que desde muy chicos se fueron de sus casas al asumir su homosexualidad y los que siguen viviendo con sus familias a los sesenta sin animarse a admitir su condición. Los que viven en pareja, los que viven solos y los que con casi cuarenta años siguen dependiendo de sus padres. Personas que no creen en nada y catequistas de misa dominical. Librepensadores, intelectuales, políticamente incorrectos y de los otros. Están los que tienen su corazón en la izquierda política, los que arrastran una herencia de derecha y los que no entienden nada. Los comprometidos y los abúlicos. Los que quieren controlar todo y los que solo quieren divertirse. Y así podríamos seguir la tarde entera.
Pero también están los que bajo una imagen de aparente normalidad esconden aspectos que, si no fueran tan graciosos, darían miedo.
Una de las primeras cosas que me golpeó cuando recién llegaba al mundo de Osos fue la afirmación de uno de mis recientes conocidos que me dijo: “tenés que estar atento, porque acá somos “todas viajadas y leídas””. En ese momento me sonó un poco fuerte, pero al tiempo entendí que era absolutamente cierta la sentencia.
Y no es que estemos todos para el psiquiátrico, pero hay personajes que nos dejan dudando.
Gente que usurpa títulos (se acuerdan del “dígame doctor”), los que se construyen imaginarias familias importantes, los que ostentan profesiones de las más variadas de las que no tienen la más mínima idea. Pero todos no dejan de ser parte de la fauna de un sector de la sociedad que, como cualquier otro, tiene sus ejemplares exóticos.
Lo que sí es más delicado es la presencia de los que no muestran mucho equilibrio al momento de relacionarse. Y, como en las mejores familias, también circulan por nuestro medio.
Contaba yo que Javier, en su primera fiesta de Osos, se fue acompañado. Se fue con Andrés, a quien con el tiempo todos llamaríamos “el loco”. Un tiempo después, Javier contaba que la llegada de Andrés a su vida le trajo muchos cambios, unos buenos y otros ya les cuento.
Javier, a partir de su nueva relación, decidió ir a vivir fuera de la casa familiar, compartiendo un alquiler con un primo. Andrés, que vivía bastante lejos, se fue quedando de a poco a vivir en la nueva casa de Javier, al menos durante la semana. En esos meses Andrés le contó a Javier que antes había estado saliendo con un miembro del club y que lo había dejado por él. Ésta era la excusa que le ponía a Javier cada vez que éste quería ir a alguna actividad de Osos. “No puedo,” le decía Andrés,” es que como yo dejé a Manuel por vos, hay varios miembros de Osos que me juraron que si aparezco por allí me van a trompear”. Javier quiso saber quiénes harían tal cosa. Andrés respondió: “Manuel, Aldo y Franco, entre otros.”
El Franco en cuestión no era otro que yo, que, hasta entonces, no tenía noticias de la existencia de este tal Andrés. Lo que sucedía es que Andrés no había terminado con Manuel y los fines de semana –en que le decía a Javier que iba a visitar a su familia- los pasaban con Manuel, por ende, no podía ir a las actividades de Osos con Javier, porque allí estaría Manuel.
Finalmente el noviazgo de Javier y Andrés terminó casi al mismo tiempo que el noviazgo de Andrés y Manuel. Javier volvió a las fiestas de Osos. Una noche de domingo me acerco a conversar con él y, cuando le digo mi nombre, empalidece y me pregunta: “¿me vas a pegar?” En ese momento no entendía nada. “Te conozco hace cinco minutos, ¿por qué te pegaría?” Y me contó la historia del loco Andrés.
Andrés no se tomó bien la ruptura. En un día podía llamar por teléfono a Javier hasta diez veces y enviarle muchos más mensajes de texto pidiéndole que retomen el vínculo. Javier siempre se negó. Varios años después Andrés sigue insistiendo.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Junto al fuego
Una tarde de domingo, de esas en que se puede hablar de cualquier cosa porque el tiempo no tiene ninguna prisa, nos preguntábamos con Raul en que tiempo nos hubiera gustado vivir si hubiéramos podido elegir. Ninguno de los dos prefirió el tiempo que nos tocó vivir. Y los dos coincidimos en que nos hubiera gustado nacer cerca del fin del siglo XIX. Si alguien pudiera seguir nuestras conversaciones cotidianas, seguramente se preguntaría por la obsesión de traer permanentemente el pasado a la charla.
Esta tarde, en el prólogo de un libro de Haroldo Conti, leía que “la memoria es más que un homenaje, más que una celebración, más que una salvación… recordar es más que recordar”. Con Raul recordamos de esa manera.
Ayer, al regresar de visitar a su madre –de 84 accidentados años- Raul pasó por el video y trajo algunas películas. Me ofreció que elija la primera que veríamos. De todas me llamó la atención ”La culpa la tiene Fidel”(2006), de la realizadora francesa Julie Gavras (hija del genial Costa-Gavras, el de Estado de sitio, Z, y tantas otras). No me equivoqué. La película está muy bien. Aunque el planteo en un punto se parece al de Kamchatka, de Marcelo Piñeyro, de 2002: La mirada de un niño/a hacia un mundo politizado y complicado. Pero la década del setenta, Allende en Chile, el recuerdo del tan cercano mayo francés crearon una atmósfera en la que, con Raul, siempre nos sentimos a gusto y la charla se prolongó en los detalles en el modo en que cada uno de nosotros vivió aquellos años, él en Brasil, yo en Argentina.
Más tarde Raul eligió la segunda. “Hace tanto tiempo que te amo”, otra francesa, de Philippe Claudel. Un drama con ribetes policiales, donde todo el tiempo parece que va a suceder un improbable asesinato. Las protagonistas, dos hermanas, en un momento del relato van a pasar el fin de semana con amigos a una casa en las afueras de la ciudad en que viven. Luego de compartir juegos, charlas, lecturas, comidas, etc., se reúnen al atardecer junto a una fogata en el parque de la casa. En el preciso momento en que vi el plano en que uno de los intérpretes con su guitarra está cantando junto al fuego me fui con el pensamiento a años pasados y Raul dijo: “Era así en Luján, no?” Se ve que tantas veces le relaté aquel tiempo, que de solo ver un plano, los dos coincidimos en el mismo recuerdo, aunque él nunca estuvo en una de esos momentos. Y la respuesta fue: sí, así era, o al menos así es el recuerdo que tengo.
Yo creo que él piensa que yo añoro esos años. Fueron buenos. Pero no cambio mi presente con él por ningún perfecto atardecer junto al fuego cantando con amigos de los años en que él no estaba.
Esta tarde, en el prólogo de un libro de Haroldo Conti, leía que “la memoria es más que un homenaje, más que una celebración, más que una salvación… recordar es más que recordar”. Con Raul recordamos de esa manera.
Ayer, al regresar de visitar a su madre –de 84 accidentados años- Raul pasó por el video y trajo algunas películas. Me ofreció que elija la primera que veríamos. De todas me llamó la atención ”La culpa la tiene Fidel”(2006), de la realizadora francesa Julie Gavras (hija del genial Costa-Gavras, el de Estado de sitio, Z, y tantas otras). No me equivoqué. La película está muy bien. Aunque el planteo en un punto se parece al de Kamchatka, de Marcelo Piñeyro, de 2002: La mirada de un niño/a hacia un mundo politizado y complicado. Pero la década del setenta, Allende en Chile, el recuerdo del tan cercano mayo francés crearon una atmósfera en la que, con Raul, siempre nos sentimos a gusto y la charla se prolongó en los detalles en el modo en que cada uno de nosotros vivió aquellos años, él en Brasil, yo en Argentina.
Más tarde Raul eligió la segunda. “Hace tanto tiempo que te amo”, otra francesa, de Philippe Claudel. Un drama con ribetes policiales, donde todo el tiempo parece que va a suceder un improbable asesinato. Las protagonistas, dos hermanas, en un momento del relato van a pasar el fin de semana con amigos a una casa en las afueras de la ciudad en que viven. Luego de compartir juegos, charlas, lecturas, comidas, etc., se reúnen al atardecer junto a una fogata en el parque de la casa. En el preciso momento en que vi el plano en que uno de los intérpretes con su guitarra está cantando junto al fuego me fui con el pensamiento a años pasados y Raul dijo: “Era así en Luján, no?” Se ve que tantas veces le relaté aquel tiempo, que de solo ver un plano, los dos coincidimos en el mismo recuerdo, aunque él nunca estuvo en una de esos momentos. Y la respuesta fue: sí, así era, o al menos así es el recuerdo que tengo.
Yo creo que él piensa que yo añoro esos años. Fueron buenos. Pero no cambio mi presente con él por ningún perfecto atardecer junto al fuego cantando con amigos de los años en que él no estaba.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Fernet con cola
Javier tiene treinta y un años. Sabe que le gustan los hombres desde su adolescencia, cuando siendo miembro del grupo parroquial, se sentía profundamente atraído por el cura Pablo, que hacía todo lo posible para ser compinche de los jóvenes del grupo (hasta fumaba porro con ellos).
En el grupo parroquial había chicos y chicas, y Javier se puso de novio con una de las chicas del grupo, posiblemente porque todos lo hacían, para no desentonar. O tal vez para demostrarse que podía ser objeto de deseo para alguien. Es que desde pequeño, Javier vive con un sobrepeso importante. En la secundaria llegó a pesar ciento cincuenta quilos.
Fue durante esos años de baja auto estima que el padre Pablo se fue acercando a Javier. Hasta que una siesta de otoño, de esas en que el tiempo es cómplice, Javier y el padre Pablo tuvieron su primer encuentro carnal. Javier no estaba muy tranquilo, sabía que lo que estaba pasando no estaba bien visto en el medio en que se movía, pero los hombres calvos lo podían y el padre Pablo completaba todas sus fantasías.
Como parte de la tarea del grupo de jóvenes, Javier visitaba un centro de rehabilitación. Allí conoció a Jerónimo. Primero fue el acompañante terapéutico, luego fueron amantes. Jerónimo que se incorporó al grupo de amigos de Javier, se puso de novio con otra de las chicas del grupo. Salían los cuatro juntos, Javier y Jerónimo con sus novias. Como eran del grupo parroquial no había sexo con ellas. Cuando las dejaban en sus respectivos domicilios, ellos pasaban el resto de la noche juntos.
Después de muchos años de noviazgo, Javier terminó con su chica. No porque se hubiera terminado el amor. Es que ya no podía aparentar más. También terminó con Jerónimo, que a su vez había roto con su novia.
Fue entonces que Javier, de un metro sesenta y seis y ciento cuarenta quilos, escuchó hablar de los Osos. En el grupo parroquial había conocido a Rolo. Rolo era delgado, algunos años mayor que Javier, calvo y muy peludo. A Javier le gustaba Rolo, pero nunca se animó a decírselo porque pensaba que Rolo lo rechazaría. Una noche, Rolo le confesó a Javier que era gay. Javier, aliviado, le contó lo suyo (evitó la parte en que tenía sexo con el cura). Rolo le dijo que había escuchado de unas fiestas, de un club, donde los gorditos tenían un lugar preferencial. Javier escuchó con atención. Aceptó la propuesta de ir juntos un sábado por la noche a una de las fiestas anunciadas y esperó impaciente el día.
Llegaron puntuales al lugar. Pero Javier y Rolo, antes de entrar, se sintieron inseguros. Javier repetía, no me van a dejar entrar, soy demasiado gordo, me van a poner cualquier excusa y no me van a dejar entrar. Rolo, que estaba algo más decidido a entrar y quería que su amigo lo acompañe, le propuso, vamos al bar de la esquina, nos temamos un fernet con cola para darnos ánimo y entramos.
Entraron, Javier no solo descubrió un nuevo mundo para él, sino que esa misma noche se fue acompañado. Pero esa es otra historia.
En el grupo parroquial había chicos y chicas, y Javier se puso de novio con una de las chicas del grupo, posiblemente porque todos lo hacían, para no desentonar. O tal vez para demostrarse que podía ser objeto de deseo para alguien. Es que desde pequeño, Javier vive con un sobrepeso importante. En la secundaria llegó a pesar ciento cincuenta quilos.
Fue durante esos años de baja auto estima que el padre Pablo se fue acercando a Javier. Hasta que una siesta de otoño, de esas en que el tiempo es cómplice, Javier y el padre Pablo tuvieron su primer encuentro carnal. Javier no estaba muy tranquilo, sabía que lo que estaba pasando no estaba bien visto en el medio en que se movía, pero los hombres calvos lo podían y el padre Pablo completaba todas sus fantasías.
Como parte de la tarea del grupo de jóvenes, Javier visitaba un centro de rehabilitación. Allí conoció a Jerónimo. Primero fue el acompañante terapéutico, luego fueron amantes. Jerónimo que se incorporó al grupo de amigos de Javier, se puso de novio con otra de las chicas del grupo. Salían los cuatro juntos, Javier y Jerónimo con sus novias. Como eran del grupo parroquial no había sexo con ellas. Cuando las dejaban en sus respectivos domicilios, ellos pasaban el resto de la noche juntos.
Después de muchos años de noviazgo, Javier terminó con su chica. No porque se hubiera terminado el amor. Es que ya no podía aparentar más. También terminó con Jerónimo, que a su vez había roto con su novia.
Fue entonces que Javier, de un metro sesenta y seis y ciento cuarenta quilos, escuchó hablar de los Osos. En el grupo parroquial había conocido a Rolo. Rolo era delgado, algunos años mayor que Javier, calvo y muy peludo. A Javier le gustaba Rolo, pero nunca se animó a decírselo porque pensaba que Rolo lo rechazaría. Una noche, Rolo le confesó a Javier que era gay. Javier, aliviado, le contó lo suyo (evitó la parte en que tenía sexo con el cura). Rolo le dijo que había escuchado de unas fiestas, de un club, donde los gorditos tenían un lugar preferencial. Javier escuchó con atención. Aceptó la propuesta de ir juntos un sábado por la noche a una de las fiestas anunciadas y esperó impaciente el día.
Llegaron puntuales al lugar. Pero Javier y Rolo, antes de entrar, se sintieron inseguros. Javier repetía, no me van a dejar entrar, soy demasiado gordo, me van a poner cualquier excusa y no me van a dejar entrar. Rolo, que estaba algo más decidido a entrar y quería que su amigo lo acompañe, le propuso, vamos al bar de la esquina, nos temamos un fernet con cola para darnos ánimo y entramos.
Entraron, Javier no solo descubrió un nuevo mundo para él, sino que esa misma noche se fue acompañado. Pero esa es otra historia.
martes, 20 de octubre de 2009
La cotidianidad de tus putitos
- No Nene, no me doy cuenta quién es.
- Mi amiga, la que me insistía que tenía que escribir mis anécdotas. Te la nombré un montón de veces.
- Ah! La que te decía que siempre eras primer violín de orquesta, siempre llamando la atención.
- No, esa es Alejandra. Ella también me alentó a escribir. Pero cuando le pasé el libro me dijo que la había entristecido un montón leer por todo lo que me había tocado pasar. Pero no. No es Ale. La Tere es la que me decía, cuando yo me deliraba mucho en pormenores al contar una anécdota, “dejá los detalles, andá al nudo de la historia, a lo jugoso”.
- Sí, ahora me acuerdo. Y ella fue la te dijo eso. ¡Qué guacha!
- Yo le había pasado unos textos y al leerlos me dice que le gusta como estoy escribiendo, y que se había cagado de risa con la cotidianidad de la acción de mis putitos. Sí, es guacha. Y la quiero también por eso. Pero lo que me llamó la atención es como cada uno ve algo diferente. Yo escribí mis historias pensando que podrían ser divertidas y a Ale la entristecieron. Los textos donde trato de dejar comentarios de situaciones problemáticas o lo que sea, a la Tere le dan risa.
- Y sí Nene. Es como esa frase que usás vos todo el tiempo. Mirá ya me la aprendí: todo se recibe con la forma del recipiente.
- Guau. No me cites, que me la creo.
- No bolas, la frase cae justo. Y no es tuya.
- Cierto. Yo la robé de un profesor del seminario. Je.
- Te cambio de tema. No me contaste nada de Córdoba. ¿Cómo les fue?
- Muy bien. Raul estaba muy entusiasmado. Yo ya estoy un poco aburrido, hace años que vamos y hacemos más o menos lo mismo cada año. Fuimos unos cuantos. Y ahora que me preguntás, sí, hubo algo diferente. Hablando de lo que cada uno ve. Cuando llegamos al hotel, a eso de las ocho de la mañana, los micros estacionaron en la verada de enfrente. Imaginate ochenta putos, la mayoría gordos, bajando de los micros con bolsos enormes y algunos con unas valijas que parecía que en vez de tres días, iban a pasar un mes en Córdoba, cruzando la calle, enfilando para el hotel. En el lobby del hotel nos esperaban el Marce y el Koala, dos socios del club que son de ahí. Yo no me di cuenta, pero Raul me dice que era muy gracioso ver como todos pasábamos en fila y saludábamos con un beso a cada uno de los que nos recibían. Muchos con besos en la mejilla y otros con piquitos.
- ¿Qué tiene de raro?
- Esperá ansioso. Era la hora del desayuno y ese hotel tiene el lobby integrado al desayunador. El lugar estaba lleno. Había, entre otros, como veinte tipos altos y flacos, en ropa deportiva, un equipo de básquet o vóley, seguro. Yo ni me di cuenta, vos sabés, si no son gordos imponentes es igual que si fueran invisibles. La cosa es que Raul me dice que la cara de todos, pero en particular de estos deportistas que estaban ahí, era de no poder salir de su asombro. Con el maxilar inferior por el piso y los ojos como dos huevos fritos. Nosotros –al menos yo-ni los registramos, pero ellos sí. Y es evidente que les resultamos llamativos porque no dejaban de mirarnos.
- Y eso que no los vieron comiendo.
- Nos vieron. La mañana que llegamos de la fiesta. Bajamos del micro a eso de las siete y en bandada avanzamos sobre el desayuno. Ahí eran los empleados los que no salían de su asombro.
- Me imagino. ¿Vas a ir a la fiesta?
- ¿La del aniversario?
- Sí.
- Seguro.
- Yo no sé.
- Dale, va a estar buena.
- Dejámelo pensar. Bueno Nene, me voy a dormir. Mañana te llamo. ¿Vamos al cine?
- Dale. Espero tu llamado. Beso.
- Mi amiga, la que me insistía que tenía que escribir mis anécdotas. Te la nombré un montón de veces.
- Ah! La que te decía que siempre eras primer violín de orquesta, siempre llamando la atención.
- No, esa es Alejandra. Ella también me alentó a escribir. Pero cuando le pasé el libro me dijo que la había entristecido un montón leer por todo lo que me había tocado pasar. Pero no. No es Ale. La Tere es la que me decía, cuando yo me deliraba mucho en pormenores al contar una anécdota, “dejá los detalles, andá al nudo de la historia, a lo jugoso”.
- Sí, ahora me acuerdo. Y ella fue la te dijo eso. ¡Qué guacha!
- Yo le había pasado unos textos y al leerlos me dice que le gusta como estoy escribiendo, y que se había cagado de risa con la cotidianidad de la acción de mis putitos. Sí, es guacha. Y la quiero también por eso. Pero lo que me llamó la atención es como cada uno ve algo diferente. Yo escribí mis historias pensando que podrían ser divertidas y a Ale la entristecieron. Los textos donde trato de dejar comentarios de situaciones problemáticas o lo que sea, a la Tere le dan risa.
- Y sí Nene. Es como esa frase que usás vos todo el tiempo. Mirá ya me la aprendí: todo se recibe con la forma del recipiente.
- Guau. No me cites, que me la creo.
- No bolas, la frase cae justo. Y no es tuya.
- Cierto. Yo la robé de un profesor del seminario. Je.
- Te cambio de tema. No me contaste nada de Córdoba. ¿Cómo les fue?
- Muy bien. Raul estaba muy entusiasmado. Yo ya estoy un poco aburrido, hace años que vamos y hacemos más o menos lo mismo cada año. Fuimos unos cuantos. Y ahora que me preguntás, sí, hubo algo diferente. Hablando de lo que cada uno ve. Cuando llegamos al hotel, a eso de las ocho de la mañana, los micros estacionaron en la verada de enfrente. Imaginate ochenta putos, la mayoría gordos, bajando de los micros con bolsos enormes y algunos con unas valijas que parecía que en vez de tres días, iban a pasar un mes en Córdoba, cruzando la calle, enfilando para el hotel. En el lobby del hotel nos esperaban el Marce y el Koala, dos socios del club que son de ahí. Yo no me di cuenta, pero Raul me dice que era muy gracioso ver como todos pasábamos en fila y saludábamos con un beso a cada uno de los que nos recibían. Muchos con besos en la mejilla y otros con piquitos.
- ¿Qué tiene de raro?
- Esperá ansioso. Era la hora del desayuno y ese hotel tiene el lobby integrado al desayunador. El lugar estaba lleno. Había, entre otros, como veinte tipos altos y flacos, en ropa deportiva, un equipo de básquet o vóley, seguro. Yo ni me di cuenta, vos sabés, si no son gordos imponentes es igual que si fueran invisibles. La cosa es que Raul me dice que la cara de todos, pero en particular de estos deportistas que estaban ahí, era de no poder salir de su asombro. Con el maxilar inferior por el piso y los ojos como dos huevos fritos. Nosotros –al menos yo-ni los registramos, pero ellos sí. Y es evidente que les resultamos llamativos porque no dejaban de mirarnos.
- Y eso que no los vieron comiendo.
- Nos vieron. La mañana que llegamos de la fiesta. Bajamos del micro a eso de las siete y en bandada avanzamos sobre el desayuno. Ahí eran los empleados los que no salían de su asombro.
- Me imagino. ¿Vas a ir a la fiesta?
- ¿La del aniversario?
- Sí.
- Seguro.
- Yo no sé.
- Dale, va a estar buena.
- Dejámelo pensar. Bueno Nene, me voy a dormir. Mañana te llamo. ¿Vamos al cine?
- Dale. Espero tu llamado. Beso.
sábado, 10 de octubre de 2009
Salir o no salir del closet
- Es un mago con las palabras. Cuando te cuenta algo, lo que sea, una película, un libro, una salida de viernes por la noche, un recital, te pinta un abanico de imágenes que te abre la cabeza de manera que te deja a punto de volar. Si no, leete lo que escribió de la última de Almodóvar en la SOY, aunque no la firme, es fácil ver que es de él.
- Sí, leí algo que me pasaste de él. Y coincido. La SOY todavía no la leí. ¿Entonces en qué punto no estás de acuerdo con él?
- Él sostiene que no existe la obligación de salir del closet. Que cada uno puede hacer lo que quiera, y en eso estoy de acuerdo. Cada uno hace lo que quiere o lo que puede, no? Pero hay una cierta solidaridad que creo que podemos ejercer y que no hacerlo nos deja como en falta.
- No concuerdo. Yo nunca lo hablé ni con mis viejos ni en el laburo y no me hace sentir en falta para nada. Además Nene, vos sos un poco un extremo. Parece que tuvieras una necesidad imperiosa de desparramarte ante los ojos de todos sin reservarte nada. Ahí coincido con tu amigo Diego. No tenemos la obligación de salir a decir que somos putos a los cuatro vientos.
- Te lo respeto, pero no lo comparto. Pienso en los miles de personas que se mueren de tristeza por no poder ponerle nombre a lo que sienten, por no poder hablar con nadie de lo que les pasa, por no poder concretar sus fantasías de amar y ser amados de la manera que les plazca porque seguimos estando estigmatizados en la sociedad, incluidas las más abiertas y mas gay friendly. Cada vez que salgo en una nota, pienso en que le llegará a alguien que se puede identificar y darle una mínima esperanza de que puede ser feliz. Y en realidad pienso en mí, que hasta los cuarenta era uno de los que sufrían en silencio.
- Lo tuyo parece una especie de cruzada.
- ¿Y si lo fuera?
- Bueno, no te rayes, era un comentario. Dale, terminá de contarme la película, que te desviaste con lo de tu amigo y no terminaste.
- Como te dije, casi toda la peli es un bajón. El pibe no se anima a hablar con sus padres porque un primo, que era gay, se lo contó a los padres y lo echaron de la casa y se murió. Y él no quería dejar de ver a los padres. Un poco lo de siempre. Pero los padres se enteran igual, y al final se puso complaciente y casi que el desenlace es más rosa que floricienta.
- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué? ¿Para no verla?
- No bolas. Me interesa.
- Una cuestión de amor, francesa. Pero insisto, si no lo decimos, nunca vamos a dejar de ser invisibles. Y no nos da derecho a reclamar nada. ¿Vos la casa la compraste a medias con tu gordo?
- ¿Sí?
- ¿Y qué pasa si uno de los dos muere?
- Nene, mirá las cosas que pensás.
- De lo único que estamos seguros en esta vida, es que vamos a morirnos.
- Tenés razón. Hicimos un documento, como una sociedad de hecho.
- Un subterfugio. Un ocultamiento más. Si la ley nos permitiera casarnos como cualquier hijo de vecino, no necesitarías reaseguros. Y la única manera de que las leyes avancen es visibilizándonos. Porque el diez por ciento de la población no es poca cosa.
- ¿Seguís pensando que somos tantos?
- Sí. ¿Vos no?
- No sé.
- Yo creo que sí. Hoy, después de ver la peli, busqué el texto de Carlos Jáuregui, ¿te acordás?
- No. ¿Cuál?
- Esperá. Lo tengo acá en la compu. Dice: “tenemos que decirlo: nosotros no creemos que los gays y las lesbianas tengamos un derecho a callar que somos gays y lesbianas.” Fuerte.
- Sí. Pero igual yo no pienso decírselo a mis viejos, ni blanquearlo en el laburo.
- Está bien, es tu derecho…
- No seas guacho.
- Soy. ¡Qué loco! Dije soy otra vez. En la última SOY como respuesta a un mail de un pibe de 18 años que no sabe cómo salir del closet, llegaron una pila de mails de chicos a los que les pasa algo parecido, de gente que propone, al menos, encontrarse todos en un lugar. Bueno, eso es lo que trato de hacer cada vez que accedo a dar una nota. Que otros sepan que existen espacios para personas como nosotros.
- Bueno Nene, te dejo. Está un poco denso hoy. Después te llamo.
- Ok, besos, para vos y el gordo.
- Otros para ustedes.
- Sí, leí algo que me pasaste de él. Y coincido. La SOY todavía no la leí. ¿Entonces en qué punto no estás de acuerdo con él?
- Él sostiene que no existe la obligación de salir del closet. Que cada uno puede hacer lo que quiera, y en eso estoy de acuerdo. Cada uno hace lo que quiere o lo que puede, no? Pero hay una cierta solidaridad que creo que podemos ejercer y que no hacerlo nos deja como en falta.
- No concuerdo. Yo nunca lo hablé ni con mis viejos ni en el laburo y no me hace sentir en falta para nada. Además Nene, vos sos un poco un extremo. Parece que tuvieras una necesidad imperiosa de desparramarte ante los ojos de todos sin reservarte nada. Ahí coincido con tu amigo Diego. No tenemos la obligación de salir a decir que somos putos a los cuatro vientos.
- Te lo respeto, pero no lo comparto. Pienso en los miles de personas que se mueren de tristeza por no poder ponerle nombre a lo que sienten, por no poder hablar con nadie de lo que les pasa, por no poder concretar sus fantasías de amar y ser amados de la manera que les plazca porque seguimos estando estigmatizados en la sociedad, incluidas las más abiertas y mas gay friendly. Cada vez que salgo en una nota, pienso en que le llegará a alguien que se puede identificar y darle una mínima esperanza de que puede ser feliz. Y en realidad pienso en mí, que hasta los cuarenta era uno de los que sufrían en silencio.
- Lo tuyo parece una especie de cruzada.
- ¿Y si lo fuera?
- Bueno, no te rayes, era un comentario. Dale, terminá de contarme la película, que te desviaste con lo de tu amigo y no terminaste.
- Como te dije, casi toda la peli es un bajón. El pibe no se anima a hablar con sus padres porque un primo, que era gay, se lo contó a los padres y lo echaron de la casa y se murió. Y él no quería dejar de ver a los padres. Un poco lo de siempre. Pero los padres se enteran igual, y al final se puso complaciente y casi que el desenlace es más rosa que floricienta.
- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué? ¿Para no verla?
- No bolas. Me interesa.
- Una cuestión de amor, francesa. Pero insisto, si no lo decimos, nunca vamos a dejar de ser invisibles. Y no nos da derecho a reclamar nada. ¿Vos la casa la compraste a medias con tu gordo?
- ¿Sí?
- ¿Y qué pasa si uno de los dos muere?
- Nene, mirá las cosas que pensás.
- De lo único que estamos seguros en esta vida, es que vamos a morirnos.
- Tenés razón. Hicimos un documento, como una sociedad de hecho.
- Un subterfugio. Un ocultamiento más. Si la ley nos permitiera casarnos como cualquier hijo de vecino, no necesitarías reaseguros. Y la única manera de que las leyes avancen es visibilizándonos. Porque el diez por ciento de la población no es poca cosa.
- ¿Seguís pensando que somos tantos?
- Sí. ¿Vos no?
- No sé.
- Yo creo que sí. Hoy, después de ver la peli, busqué el texto de Carlos Jáuregui, ¿te acordás?
- No. ¿Cuál?
- Esperá. Lo tengo acá en la compu. Dice: “tenemos que decirlo: nosotros no creemos que los gays y las lesbianas tengamos un derecho a callar que somos gays y lesbianas.” Fuerte.
- Sí. Pero igual yo no pienso decírselo a mis viejos, ni blanquearlo en el laburo.
- Está bien, es tu derecho…
- No seas guacho.
- Soy. ¡Qué loco! Dije soy otra vez. En la última SOY como respuesta a un mail de un pibe de 18 años que no sabe cómo salir del closet, llegaron una pila de mails de chicos a los que les pasa algo parecido, de gente que propone, al menos, encontrarse todos en un lugar. Bueno, eso es lo que trato de hacer cada vez que accedo a dar una nota. Que otros sepan que existen espacios para personas como nosotros.
- Bueno Nene, te dejo. Está un poco denso hoy. Después te llamo.
- Ok, besos, para vos y el gordo.
- Otros para ustedes.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Soy lo que soy.
- Hola Sergio.
- Hola Nene, ¿qué contás?
- Todo bien. Hoy cumple años Raul, y vamos a festejar.
- Me imagino. Mandale besos. Igual yo ya le mandé mail y el finde nos vemos.
- Sí. Vos, ¿todo bien?
- Sí. Lo de siempre. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Vos viste que soy casero.
- Sí, sé. ¿Sabés? Me quedé pensando algo que hablamos el otro día.
- ¿Qué?
- Yo te contaba del gordo que veo hace varios años y que no se reconoce ni homosexual, ni bisexual. Y vos me dijiste. “Si se calienta con otro tipo, es. Lo que quiera llamarlo, pero es.” O algo así, ¿no?
- Sí, más o menos eso. ¿O no?
- Sí. Solo que me quedé pensando en la necesidad que tenemos de poner nombres. Yo creo que hay tantas sexualidades como personas en el mundo. Y cada uno hace lo que puede.
- Sí Nene. Pero el tipo debe sufrir bastante. Le gustan los hombres y ni siquiera se anima a ponerle nombre. Por más que esté casado con hijos, y que en apariencia sea uno más, el tipo es diferente y debe sufrir bastante.
- Un día me contó que después que está con un hombre, le queda como una culpa. Pero cuando pasan unos días, como que se olvida y ya empieza a intentar tener otro encuentro. Muchas veces me quedo pensando en la cantidad de personas que deben sufrir en soledad no poder ser lo que sienten. Éste lo maneja de alguna manera, no se anima ni a nombrarse pero en la práctica concreta con mujeres y hombres y lo sobrelleva.
- Estás un poco retórico, ¿en qué andás?
- Estamos haciendo el discurso de Osos para leer en el escenario de la marcha, y estoy buscando por dónde arrancar, y esta situación de personas que no pueden ser lo que son, y todos los rótulos y las auto discriminaciones y las banderas, qué se yo. Estoy leyendo unos textos re viejos, de 1928 y me están partiendo la cabeza.
- Textos, ¿de quién?
- De América Scarfó, la compañera de Severino Di Giovanni, el anarquista, ¿te acordás?
- Claro, el que fusiló el estado argentino.
- Bueno, la mina, hace ochenta años decía que, te leo: “Tenemos que actuar, en todos los momentos de la vida, de acuerdo a nuestro modo de ver y de pensar, de manera que los reproches o las críticas de otra gente encuentren a nuestra individualidad protegida por los más sanos conceptos de responsabilidad y libertad en una muralla sólida que haga fracasar a esos ataques. Por eso debemos ser consecuentes con nuestras ideas... Soy una joven estudiante que cree en la vida nueva. Creo que, gracias a nuestra libre acción, individual o colectiva, podremos llegar a un futuro de amor, de fraternidad y de igualdad. Deseo para todos lo que deseo para mí: la libertad de actuar, de amar, de pensar. Es decir, deseo la anarquía para toda la humanidad. Creo que para alcanzarla debemos hacer la revolución social. Pero también soy de la opinión que para llegar a esa revolución es necesario liberarse de toda clase de prejuicios, convencionalismos, falsedades morales y códigos absurdos. Y, en espera de que estalle la gran revolución, debemos cumplir esa obra en todas las acciones de nuestra existencia. Para que esa revolución llegue, por otra parte, no hay que contentarse con esperar sino que se hace necesaria nuestra acción cotidiana. Allí donde sea posible, debemos interpretar el punto de vista anarquista y, consecuentemente, humano. En el amor, por ejemplo, no aguardaremos la revolución. Y nos uniremos libremente, despreciando los prejuicios, las barreras, las innumerables mentiras que se nos oponen como obstáculos.”
- Muy lindo, pero si yo le propongo a mi gordo que, ¿cómo decía la mina? “Nos unamos libremente”, el gordo hace el bolso y me deja uniéndome libremente con quien quiera, pero él se va.
- Entiendo.
- Además, yo no sé si me bancaría una relación así. Tengo muy internalizado el modelo monógamo.
- Veo. Bueno. Te dejo. Hablamos.
- Dale. Un beso.
- Cuidate.
- Hola Nene, ¿qué contás?
- Todo bien. Hoy cumple años Raul, y vamos a festejar.
- Me imagino. Mandale besos. Igual yo ya le mandé mail y el finde nos vemos.
- Sí. Vos, ¿todo bien?
- Sí. Lo de siempre. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Vos viste que soy casero.
- Sí, sé. ¿Sabés? Me quedé pensando algo que hablamos el otro día.
- ¿Qué?
- Yo te contaba del gordo que veo hace varios años y que no se reconoce ni homosexual, ni bisexual. Y vos me dijiste. “Si se calienta con otro tipo, es. Lo que quiera llamarlo, pero es.” O algo así, ¿no?
- Sí, más o menos eso. ¿O no?
- Sí. Solo que me quedé pensando en la necesidad que tenemos de poner nombres. Yo creo que hay tantas sexualidades como personas en el mundo. Y cada uno hace lo que puede.
- Sí Nene. Pero el tipo debe sufrir bastante. Le gustan los hombres y ni siquiera se anima a ponerle nombre. Por más que esté casado con hijos, y que en apariencia sea uno más, el tipo es diferente y debe sufrir bastante.
- Un día me contó que después que está con un hombre, le queda como una culpa. Pero cuando pasan unos días, como que se olvida y ya empieza a intentar tener otro encuentro. Muchas veces me quedo pensando en la cantidad de personas que deben sufrir en soledad no poder ser lo que sienten. Éste lo maneja de alguna manera, no se anima ni a nombrarse pero en la práctica concreta con mujeres y hombres y lo sobrelleva.
- Estás un poco retórico, ¿en qué andás?
- Estamos haciendo el discurso de Osos para leer en el escenario de la marcha, y estoy buscando por dónde arrancar, y esta situación de personas que no pueden ser lo que son, y todos los rótulos y las auto discriminaciones y las banderas, qué se yo. Estoy leyendo unos textos re viejos, de 1928 y me están partiendo la cabeza.
- Textos, ¿de quién?
- De América Scarfó, la compañera de Severino Di Giovanni, el anarquista, ¿te acordás?
- Claro, el que fusiló el estado argentino.
- Bueno, la mina, hace ochenta años decía que, te leo: “Tenemos que actuar, en todos los momentos de la vida, de acuerdo a nuestro modo de ver y de pensar, de manera que los reproches o las críticas de otra gente encuentren a nuestra individualidad protegida por los más sanos conceptos de responsabilidad y libertad en una muralla sólida que haga fracasar a esos ataques. Por eso debemos ser consecuentes con nuestras ideas... Soy una joven estudiante que cree en la vida nueva. Creo que, gracias a nuestra libre acción, individual o colectiva, podremos llegar a un futuro de amor, de fraternidad y de igualdad. Deseo para todos lo que deseo para mí: la libertad de actuar, de amar, de pensar. Es decir, deseo la anarquía para toda la humanidad. Creo que para alcanzarla debemos hacer la revolución social. Pero también soy de la opinión que para llegar a esa revolución es necesario liberarse de toda clase de prejuicios, convencionalismos, falsedades morales y códigos absurdos. Y, en espera de que estalle la gran revolución, debemos cumplir esa obra en todas las acciones de nuestra existencia. Para que esa revolución llegue, por otra parte, no hay que contentarse con esperar sino que se hace necesaria nuestra acción cotidiana. Allí donde sea posible, debemos interpretar el punto de vista anarquista y, consecuentemente, humano. En el amor, por ejemplo, no aguardaremos la revolución. Y nos uniremos libremente, despreciando los prejuicios, las barreras, las innumerables mentiras que se nos oponen como obstáculos.”
- Muy lindo, pero si yo le propongo a mi gordo que, ¿cómo decía la mina? “Nos unamos libremente”, el gordo hace el bolso y me deja uniéndome libremente con quien quiera, pero él se va.
- Entiendo.
- Además, yo no sé si me bancaría una relación así. Tengo muy internalizado el modelo monógamo.
- Veo. Bueno. Te dejo. Hablamos.
- Dale. Un beso.
- Cuidate.
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